viernes, 7 de marzo de 2014

Tras la puerta




Salvo los datos duros (elenco, dirección, fecha de producción) no sé nada de esta película, lo cual me seduce, podré verla sin que se me haya formado el más ligero preconcepto.


Comienza. Helen Mirren, de negro, con un delantal y un pañuelo en la cabeza, en medio de un  patio o de un jardín, con una pala de madera en las manos, revuelve una gran olla. ¿Cocina?, ¿es de época? Se supone que es húngara, eso lo sé. No, no es una olla de locro, con la pala levanta algo que se parece a un mantel, sí, es de época, está lavando a la antigua usanza, sacando manchas o mugre a punto de hervor. Entra la gran Martina Gedeck, sí, sin duda es de época, viste estilo cincuenta. Martina le pregunta a Helen si puede trabajar para ella, que se acaba de mudar, que necesita ayuda doméstica y que cuánto le cobraría. A las cansadas, Helen le contesta que primero necesita referencia de quiénes son, porque ella no le lava la ropa a cualquiera.


Bien, primera escena de planteo clásico y preciso. Se presentaron los personajes y ya sabemos de qué vendrá la historia y los conflictos. La relación entre una empleadora y su doméstica. La empleadora tiene su carácter, pero la doméstica lo tiene incluso más fuerte y más firme. Sabemos después que Martina es novelista y que está casada con otro intelectual y que Helen tiene un pasado intenso, y que sí, que estamos en una pequeña ciudad húngara a fines de los 50 o en los tempranos 60. La relación entre ambas tendrá más movimientos que una sinfonía y se entenderán y desentenderán con igual pasión.


Dirigió István Szabó, quien no necesita presentación porque tiene en su currículum títulos tales como Mephisto (1981), Coronel Redl (1985), Hanussen (1988), Cita con Venus (1991) y dos películas a las que soy muy afecto, Taking sides (Tomado parte, 2001) sobre el director orquestal, Wilhelm Furtwangler, que pudo o no ser colaborador nazi y Being Julia (Conociendo a Julia, 2004) una historia de amor y venganza en el mundo del teatro. Helen Mirren es como el sol, la conocemos todos y su grandeza nos es inmanente. De Martina Gedeck bástenos decir que es la protagonista de Deliciosa Martha (2001), inolvidable comedia sobre aquella chef que no soportaba críticas, su joven sobrina y el inesperado cocinero italiano que la desafía; de la ineludible La vida de los otros (2006); y que tuvo el honor de ser seleccionada por Robert DeNiro para un papel en El buen pastor (2006) que dirigió, honor que en el mundo de los actores supera al glamoroso Óscar.


O sea que estamos ante un director que sabe dirigir actores y películas como el mejor, y ante dos actrices que de actuación pueden escribir enciclopedias. La aseveración viene a cuento porque promediando el film comencé a notar que en algunas escenas ellas y la cámara estaban muy bien y en otras, no tanto, que estaban como en un ensayo titubeante al que le faltaban un par de pasadas para lograr lo que se necesitaba. Deduje entonces que fue una película que se filmó, por compromisos previos de las actrices o por problemas de producción, a las apuradas. Una pena, porque la historia es buena y con más tiempo hubieran logrado otra obra maestra. Tal como está no es mala, lejos de ello, pero uno extraña la excelencia a la que nos tienen acostumbrados. Poco ayudó también que los actores alemanes y húngaros actuaran en inglés y que Helen, con su inglés natal, estuviera inmersa en un set fuertemente húngaro.


Después, internet me informó que se basa en una novela sospechosamente autobiográfica de Magda Szabó (ningún parentesco directo con el realizador) gran novelista húngara y que esta novela, The door, según la traducción inglesa, fue la que más difusión tuvo fuera de Hungría.


En resumen, más allá de todos los peros merece verse por la insidiosa idea que surge cerca del final y que permanece terca en la memoria, que a veces hacer lo correcto es la peor traición porque se piensa más en uno que en el otro, que a veces lo más cristiano es contradecir el cristianismo, que no siempre se trata de amar a los demás como se ama a uno mismo, que a veces amar es olvidarse de uno y solo pensar en el  otro, por más mugre y muerte que haya de por medio. Esta novelista puede que haga buena literatura, pero como alumna es pobre, después, siempre es tarde.

Un abrazo, Gustavo Monteros

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