miércoles, 1 de enero de 2014

La vida de Adèle



La vida de Adèle del franco-tunecino Abdellatif Kechiche (Juegos de amor esquivo, Cous Cous, la gran cena) es un relato de iniciación, de aprendizaje, pero por sobre todo es una historia de amor.

Adèle (Adèle Exarchopoulos) camino de una cita con un chico que gusta de ella, se topa con Emma (Léa Seydoux) (Bastardos sin gloria, Medianoche en París) muchacha de pelo azul que será el amor de su vida o el del inicio de su vida, porque el título del film agrega como aclaración que cree necesaria Capítulos uno y dos.

La película ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes de 2013, y como el film que gana el premio mayor no puede aspirar a otros lauros, el presidente del jurado, Steven Spielberg, hombre que de cine entiende un poco, sugirió que el premio fuera compartido entre el director y las actrices. Más que un gesto de caballerosidad, un simple acto de justicia. Esta historia sin este director y sin estas actrices no sería lo que es, un prodigio de expresividad, de indagación, de cercanía.

Kechiche, como la argentina Anahí Berneri en Por tu culpa (2009), filma como si quisiera beberse la verdad de los personajes. Su curiosa cámara más que cerca parece estar encima de las actrices, quienes lo entregan todo y exhiben profundidades de deseo, de desolación, de arrebatamiento.

Aparte de la deslumbrante veracidad de las actrices, dos aspectos sobresalen. Confieso que me asusté un poco cuando me enteré de su duración: tres horas. Temor inútil porque al metraje no le sobra ni un segundo. El film tiene además de los vaivenes pasionales y sentimentales, una textura literaria (se vuelven relevantes y reveladoras las discusiones sobre Marivaux, Chaderlos de Laclos y Sartre), política (la necesidad de defender la educación pública, la importancia de la marcha del orgullo gay y el enfrentamiento constante contra la homofobia) y social (la diferencia de clases de Adèle y Emma no es un tema menor).

En cuanto al otro aspecto que armó y armará revuelo es la representación del sexo. Las actrices negaron que se tratara de sexo real, pero las largas y ardorosas escenas tienen una notoria similitud con lo verdadero. Julie Maroh, la autora de la novela gráfica en que se basa el film, Le bleu est une couleur chaude (El azul es un color cálido), y de la que Kebiche, según se dice, se apartó mucho, declaró que estas escenas son la fantasía de un hombre para satisfacer al público heterosexual. Como sea, la polvareda está levantada, aunque, si me permiten una levedad, diré que el sexo siempre dará motivo a la enardecida polémica, a la dura discusión y a la sostenida erección del debate.

En resumen, La vida de Adèle es un film único, un auténtico festín para espíritus libres.
Un abrazo, Gustavo Monteros

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