jueves, 5 de diciembre de 2013

Paranoia



No soy perro en el horóscopo chino, aunque debería serlo. Comparto con el mejor amigo del hombre un sentido de lealtad que me lleva a veces casi hasta la autoinmolación. Equivocadamente soy fiel a los actores que me regalaron momentos inolvidables. Contra toda prudencia no puedo dejar de ver películas con Robert De Niro, Bruce Willis, Diane Keaton, Susan Sarandon, entre otros. Las estrellas incluso en el cuarto menguante de sus carreras pueden darse el lujo de elegir en qué proyectos malgastar su carisma o su talento. Sabrá Dios qué razón, capricho o imponderable los hace optar por films en los que hasta el portero de sus edificios les aconsejaría no participar. Para colmo de males, una vez en el baile piensan solo en ellos, ponen piloto automático y no siguen el ejemplo de Michael Caine. El inglés, acuciado por deudas, juicios y cuentas, se involucró en unos cuantos bodrios sin remedio, pero siempre se preocupó por devolver la plata de la entrada. En el centro del desastre no olvidaba que habría espectadores que irían por él y nos entregaba una actuación decente que no nos avergonzaba de ser sus devotos seguidores. Nadie les pide que salten de una obra maestra a otra, sino que tengan un dejo de lealtad hacia su abnegado  público.

Hoy mi reclamo va dirigido a Harrison Ford. En estos últimos tiempos no pega una. El hombre está en mi altar de favoritos. Lo hicieron ganar ese sitial  su Han Solo, su Indiana Jones, su Testigo en peligro, su Rick Deckard de Blade Runner, su Costa Mosquito y si me apuran hasta su Búsqueda frenética y su Fugitivo. No voy a bajarlo de un plumerazo, pero me está cansando su insistencia en hacerme tragar un bodrio tras otro. Paranoia entra en ese menú sin discusión, es otro plato indigesto y pesado.

Un joven (Liam Hensworth) experto en tecnología digital queda en el centro de la disputa de dos titanes de la industria (Harrison y Gary Oldman). La trampa en la que cae de puro ambicioso tarda como 40 minutos en armarse, lo cual pasado a tiempo psicológico equivale como a cuatro siglos de tedio. Y bueno, hay que dar tiempo a que el espectador al que está dirigido el producto degluta el pochoclo tranquilo, no sea cosa de complicarle la masticación con una idea. El módico suspenso se establecerá en ver cómo zafa. Obviamente habrá un subtrama amorosa con sus consabidos besos y sexo, más una emotiva, es un decir, y conflictiva, es otro decir, relación padre-hijo.

Liam Hensworth es un muchacho buen mocito con menos encanto que un papagayo desplumado. Gary Oldman no tiene esta vez que impostar un acento estadounidense y habla su inglés natal con un subrayado de sainete. Harrison se empeña en aparentar ser más viejo de lo que es, una especie de coquetería al revés, no disimular la edad sino marcarla exageradamente. Y cuando se enoja hace como que actúa. Richard Dreyfuss es el padre perdedor y ético, lo que supuestamente garantiza nuestra simpatía. Amber Heard hace de chica linda (en Machete kills la pasa mucho mejor). Julian McMahon (Nip/Tuck) pone cara de malo, lo que le cuesta poco. Embeth Davidtz (la recordada Miss Honey de Matilda) hace de señora fina y Lucas Till hace de amigo rubio. Eso sí, es de muy buen gusto la ambientación y el vestuario (qué se le va a hacer, cuando uno se aburre presta más atención a esas cosas). Dirigió un tal Robert Luketic.

Querido Harrison, no hemos terminado, pero en honor a nuestro pasado sería beneficioso que dejaras de amargar las promesas de un futuro en común con una desilusión tras otra.
Un abrazo, Gustavo Monteros

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