jueves, 11 de octubre de 2012

Con C de Cine






El cine es un embuste que compartimos con los que decidieron pagar una entrada a la misma hora que nosotros. Una luz titilante que destella mentiras que elegimos creer. Una impostura de vida sobre un trapo sucio más real que despertarnos o morir porque tiene un propósito. El de embaucarnos en el olvido de que estamos solos. Un milagro frágil que se fortalece porque se vuelve recuerdo. Fotos móviles de actores maquillados con emociones fabricadas contra un fondo de decorado o paisaje. Un truco de feria tan barato como el exorcismo a un desposeído que el ingenio del hombre, llamado tecnología, ha hecho tan tangible como el pan y nítido como una campana.
 
Años atrás, muchos, era pobre de ciencia y rico de magia. Bastaba que Humphrey Bogart e Ingrid Bergman se encontraran en Casablanca para que supiéramos qué era un ideal y muriéramos de amor. Hoy eso se ha perdido. Pero ha vuelto por un ratito y nos necesita más que nunca.


Aunque la hayamos visto mil veces o ninguna, con ganas o a la fuerza, con dolor de alma o de estómago, llenemos todas, todas, todas las funciones de Casablanca. Con extorsión de afectos o a punta de pistola, llevemos a padres, hijos, vecinos y porteros, a esposos compartidos, novias olvidadas, amantes imaginarios, putas castas, amigos traicioneros o enemigos fieles, colemos las mascotas, embanderemos al hincha, endominguemos al zaparrastroso, arrastremos al deprimido y hasta carguemos los fantasmas. Todos valen y cuentan.

Sólo así volverán Lawrence de Arabia, Barrio Chino, Cabaret, El gatopardo, El ciudadano, Cartouche, Amarcord, El séptimo sello, Umberto D, Los diez mandamientos, Los niños del paraíso, Ben Hur, Cantando bajo la lluvia (o la que quieran o elijan) al galpón al que pertenecen: EL CINE.

Casablanca se exhibe en el Cinema City (50 e/ 9 y 10) y va a las 14:15 - 18:45 - 21:00 - 23:10 – (y el sábado en trasnoche a la 1:25). Vayamos ahora, hoy, ya, no lo dejemos para la semana que viene porque quizá ya no esté en cartel. Dejemos de contentarnos con sucedáneos pobres, demostremos que hay un público para los clásicos.

Un abrazo, Gustavo Monteros

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