viernes, 3 de agosto de 2012

Amigos intocables

Para no perder la esperanza, a veces cosas extrañas suceden. Alguien comprende y pide disculpas, un alumno aprende o Dios deja de hacer bromas chejovianas y quienes deben conocerse se encuentran.

Philippe (François Cluzet) es un francés cincuentón rico, aristocrático, culto, sin ninguna necesidad a satisfacer,  con un pequeño problema, está tetrapléjico después de un accidente en parapente. Driss (Omar Sy) es un senegalés treintañero pobre que acaba de salir de la cárcel, sin oportunidades, con todas las necesidades a satisfacer. Driss está en la casa de Philippe, bueno, un palacete de aquellos en realidad, para ser rechazado en el trabajo que se ofrece o sea cuidarlo. Tres rechazos le permitirán acceder al seguro de desempleo. Sin embargo el desparpajo, la espontaneidad, la indiferencia o más bien la falta de lástima por su condición conquistan a Philippe y a Driss le ofrecen el trabajo. Cada uno tiene lo que el otro carece y más allá del contrato que los une, surgirá una amistad incondicional.

Amigos intocables, si no se basara en un documental que registra esta historia verdadera, sería desestimada como el colmo del caradurismo de un guionista manipulador a ultranza. Tiene todos los elementos de un melodrama ramplón y el catálogo completo de las triquiñuelas marketineras berretas, pero más allá del derroche de encanto que se permiten en la narración, el hecho existió y confirma que  la vida se comporta de vez en cuando como un cuento de hadas.

Esta película de Olivier Nakache y Eric Toledano fue un tremendo éxito en las pantallas francesas el año pasado y se vendió muy bien en los países en los que fue distribuida. Es comprensible. Está filmada con elegancia clásica, sensibilidad astuta y bastante buen gusto. Como si se hubieran dicho: Tenemos una historia linda y “buena”, hagámosla lo más linda y buena posible (según los cánones comerciales de “bondad” y belleza más estandarizados, claro).La musicalización es tan dulce que si uno obvia la culpa y el prejuicio el oído se deja acariciar con placer.  Y los actores redimen la historia de todos sus excesos de seducción y de su obstinada voluntad de agradar.

Cuando comenzó, pensé que iba a detestarla, pero la convicción con que está contada, el nivel de compromiso con los personajes es tal que terminé “comprándola”. El  final certifica que es honesta y que todo cinismo fue inútil. Que se le va a hacer, habrá que aceptar que los milagros también se dan.
Un abrazo, Gustavo Monteros

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