sábado, 1 de octubre de 2011

Vaquero



Si pudieran oír los pensamientos de Julián (Juan Minujin), quizá no lo meterían preso ni lo internarían en un psiquiátrico, pero sin duda tendría que dar unas cuantas explicaciones. Y si pudiera expresar aunque más no sea un poco de lo que piensa, por ejemplo decirle a su padre (Daniel Fanego) que se la pasa elogiando a sus compañeros y nunca a él, y a su colega de filmación (Leonardo Sbaraglia) que lo admira y que lo envidia, sus neurosis no desaparecerían, pero al menos pasaría de ser un rey de los neuróticos a un neurótico vasallo, (en algunos casos la pérdida de privilegios es una bendición).

Aunque no lo parezca por lo que acabamos de decir, a Julian Lamar no la va nada mal. Es un actor profesional en ascenso con trabajo en teatro y cine, la familia lo quiere y lo apoya, pero el pobre no puede disfrutar de su presente porque tiene la cabeza quemada por la obsesión de estar en un lugar en el que por ahora no está, un sitio de más éxito, prestigio y reconocimiento. Por fuera es un tipo amable, bastante integrado, pero por dentro maneja un furia visceral que vuelca contra el que se le ponga a tiro y, principalmente, por una cuestión de cercanía, contra él mismo.

Ese contraste entre el monólogo interior que oímos y el afuera que vemos estructura la película. La neurosis galopante que padece le impide establecer vínculos afectivos, una sexualidad plena y capitalizar sus logros profesionales.

Hay una observación pormenorizada del mundo de los actores, donde las inseguridades, las vanidades, las envidias, y las ambiciones pueden que se  patenticen más, pero que no son exclusivas de los mismos y ahí radica la relevancia de la película, donde la pintura del mundillo propio se vuelve universal.

El personaje no es ningún bastión de simpatía, pero es imposible no empatizar con él. Sus impulsos autodestructivos serán feroces, pero el patetismo que despierta es conmovedor.

Esta opera prima de Juan Minujín denota que es la obra de un actor. El elenco que se completa con Guillermo Arengo, Esmeralda Mitre, Esteban Lamothe, Sergio Pángaro y Julieta Vallina, aparte de los ya mencionados, está perfecto. Mención especial para Pilar Gamboa, sensible y deliciosa. Y Minujín, el gran protagonista de Un año sin amor y Zenitram, como actor es hipnótico.

Una muy buena película argentina que desnuda la trastienda de los actores y que ilumina conductas tan equivocadas como humanas.

Un abrazo, Gustavo Monteros

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