sábado, 9 de julio de 2011

De dioses y de hombres

El título de la novela del Gabo García Márquez, Crónica de una muerte anunciada, describe con exactitud esta película. No crean que mato el suspenso. Aunque no conozcan el caso real en que se basa, no se necesita ser Columbo para descubrir con sólo ver el afiche que los curitas son boleta. Bueno, también puede describirse como el viaje que va de la sensatez al misticismo, que lleva a su vez al sacrificio inútil, al martirologio evitable. (Lo primero es objetivo; lo segundo, mi temeraria apreciación).

La cosa es así. El año es 1996. El lugar, un monasterio de Tibhirine (Argelia) al ladito de los montes Atlas. Los protagonistas, ocho monjes trapenses que se dedican a lo que se dedican los monjes trapenses: meditar, rezar, cantar, cuidar la huerta, vender miel, atender enfermos, ser buenos vecinos, etc. Se los ve buena gente. De repente se arma un cacao entre el gobierno de facto (los milicos siempre traen quilombo) y unos terroristas islámicos (fundamentalistas, of course). Surge entonces la pregunta del millón: ¿irse o quedarse? Decisión difícil si las hay. Los curitas están muy apegados al lugar, sienten que es, por azar, elección o designio divino, su lugar en el mundo. Algunos querrán irse, otros quedarse. De a poco, todos madurarán la elección de quedarse. Craso error, piensa uno.

La película es clara, pero puede tener muchas interpretaciones. Algunos la verán como la glorificación de la fe y el sacrificio en un mundo descreído que desconfía de esos valores. Otros la verán como la aseveración de que hay determinadas decisiones que te matan, elijas lo que elijas; de un lado, una muerte real, del otro, una muerte en vida. A mí me tiró más para el lado de la ratificación de una verdad de Perogrullo que muchos insisten en desmentir: nadie escapa a la política. Ni la modelo más frívola ni el monje más espiritual. Siempre se está de un lado o del otro. Por convicción u omisión. No existe lo “apolítico”. Estos curitas, por ejemplo, quedarán tan en el centro de la tormenta que serán tironeados por los dos bandos en pugna. Los terroristas los respetarán, pero también desconfiarán de su mansedumbre, porque por historia la institución a la que representan siempre estuvo del lado opuesto al que están ellos y porque por tradición el país al que pertenecen (Francia) hasta ayer nomás andaba colonizando a lo bruto. Los milicos, por su falta de adhesión manifiesta al régimen y por su conducta piadosa, pensarán que simpatizan con los terroristas. Tan en el “centro” están que por momentos no se sabe de dónde vendrá la bala, si de los terroristas o de los milicos. El curita jefe dirá que el gobierno es corrupto, pero claro ellos con esas cosas no se meten. Saben que los terroristas son sanguinarios, pero atienden al herido por misericordia cristiana. Y si se sigue la idea por ese lado, se concluye que mueren de exceso de inocencia, lo que en el barrio se llama de otro modo, nada amable.

Como se ve, esta película de Xavier Beauvois es harto interesante. Atrapa, enoja y conmueve. Los rubros técnicos son impecables, pero no atraparía sin un elenco parejo y talentoso. Lambert Wilson y Michael Lonsdale son las caras conocidas, pero los otros seis no van a la zaga en expresividad, convicción y entrega.

Un remanso de calidad en una cartelera semanal (se exceptúan El laberinto y Medianoche en París) dominada por la habitual oferta pochoclera yanqui.
Un abrazo,
Gustavo Monteros

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