sábado, 9 de abril de 2011

Revolución - El cruce de Los Andes

Hace una chorrera de años (tantos que es como si hablara de algo sucedido en una vida pretérita, en otra encarnación), fui un niño y vi El santo de la espada de Leopoldo Torre Nilsson en la primera fila del Cine Gran Rocha. Me había llevado mi hermano y era tanta la gente que no nos quedó otro remedio que sentarnos tan adelante. Me hundí en la butaca y hacía fuerza como para correrla porque sentía que la pantalla se me venía encima. Habíamos llegado sobre la hora y al ratito empezó. No bien se apagaron las luces, la platea explotó en gritos, silbidos y aplausos, como cuando íbamos al cine con la escuela. En la película era como si el general y el caballo de la plaza hubieran cobrado vida. Aunque no se comportaban como un caballo y un hombre de verdad sino como una estatua un poco más flexible, pero igual de ferrosa. El gran Alfredo, el de la dicción perfecta y la voz timbrada, en versión San Martín, era incapaz de decir: Me duele la panza; no, decía: La Patria me impone el Sacrifico de ignorar Las Dolencias Corporales. Era un San Martín de libro de texto, de revista para el colegio, de discurso de acto escolar. Alfredito nunca estuvo más grandioso, más aparatoso, más altisonante. No se bajaba del pedestal ni para besar a Remedios, que era Evangelina Salazar de Ortega, quien había sido también la primera Jacinta Pichimahuida, de modo que era como tener la escarapela recién planchada en la solapa. Sólo faltaba el olor a tiza, tomar distancia y las ganas de que ya fuera el recreo. Una clase especial tema San Martín en el cine en vez de en el aula.

Pasaron los años y a San Martín le quitaron tanto el bronce, que casi ni héroe era. Volvió al cine de la mano de Jorge Coscia, interpretado por Rubén Stella (El general y la fiebre). Era tan humano y sufriente que daba pena. La fiebre que lo consumía lo desproveía del mito, pero también de grandeza. Y San Martín sin hazaña es como el vecino taciturno de la esquina. San Martín sin gloria y fanfarria no existe, que para eso es San Martín.


San Martín y Belgrano, aunque no queramos, nos devuelven siempre a la infancia, porque fue allí donde los conocimos. Y ese chico que fui me pedía que Revolución, El cruce de los Andes fuera una película pochoclera clásica, con un San Martín heroico como en versión Bruce Willis. Sudado, sangrante pero heroico y único. Ni de bronce ni tan humano, pero héroe.


Tras una chorrera de años que no soy niño, ya tendría que saber que no hay que llevar expectativas al cine. La casualidad o la historia con minúsculas (con muchas minúsculas) nos volvió a reunir a San Martín y a mí en el mismo cine: el Gran Rocha. Había gente, pero no estaba lleno como la vez anterior (bah, sólo un fenómeno como El secreto de sus ojos puede hoy llenar el Gran Rocha).


Pasado el shock inicial de que todos los actores pueden ser San Martín, aunque en el fondo ninguno pueda serlo, Rodrigo de la Serna resulta la elección ideal. Por naturaleza es tiesito, armadito, lo que le viene muy bien al personaje. Ojo, no quiero implicar que sea tenso o envarado, no, sólo quiero decir que es derechito como un álamo, lo que, insisto, le viene de perillas a cualquier San Martín. Este San Martín ya no es marmóreo como Alcón ni sufriente como Stella, pero por la visión del director (Leandro Ipiña) es un poquito histérico. No es culpa de de la Serna, quien, salvando ese rasgo del personaje, hace un buen trabajo, en el que (se agradece mucho) hasta incluye el humor.


La discusión es con el guión y la visión del director, que tienen sus más y sus menos. Hay una buena decisión inicial, concentrarse en el cruce de los Andes y en la batalla de Chacabuco. También es buena la idea de partir de los recuerdos de Corvalán, el amanuense. Lástima que ese foco se pierde y no se desarrolla a fondo. De haberse quedado en ese punto de vista se habría ganado en intensidad, y la película no se hubiera difuminado hasta parecer un documental ficcionado. La subtrama del fraile es buena y cierra, y la batalla tiene una secuenciación eficiente. Y es muy efectivo el pequeño thriller del cruce de Los Andes. Pero es efectista y berreta, cercana a la insoportabilidad, la banda sonora.


Y aunque me haya quedado con las ganas de que San Martín fuera un héroe como para Bruce Willis, creo que merece verse. Por Los Andes, de la Serna, porque son más sus más que sus menos, y porque San Martín merece menos actos, conmemoraciones, plazas y estatuas y más películas.


Un abrazo,

Gustavo Monteros

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