jueves, 3 de febrero de 2011

Lazos de sangre

Lazos de sangre (Winter’s bone) es un milagro. Participa del retrato social, del cuadro psicológico, del thriller, del film noir, del relato del pasaje de la adolescencia a la madurez, de la descripción de mafias, y hasta de la tragedia griega. Se permite todos estos lujos por el simple trámite de contar una buena historia con el mayor cuidado hacia los personajes y a los ambientes que los determinan. Ambos pueden ser intransferibles, pero las resonancias son universales.

Ree (Jennifer Lawrence) tiene 17 años y está al cuidado de sus hermanos menores. El padre está ausente y la madre, catatónica por una depresión profunda. Un día aparece el sheriff y le dice que a menos que el padre aparezca va a perder la casa. El padre la dio como garantía de su fianza. Ree comienza un peregrinaje tozudo para indagar vecinos con los que lejana o cercanamente está emparentada. Como Antígona desafiará el poder establecido y se pondrá al borde del sacrificio. Como Ifigenia será víctima de los errores y ambiciones de sus mayores. Se condolerán de su desesperación, apreciarán su valentía, pero se empeñarán en el silencio y en ocultarle la verdad. Aunque, claro, se sabe, no hay dique que no desborde. Teardrop (John Hawkes), un tío, jugará un rol decisivo, pero nunca sabremos si va a ayudarla, abusarla o matarla.

La acción transcurre en un rincón de las montañas Ozark, tierra hostil, desolada, empobrecida. Contracara perfecta del sueño americano, raramente visitada por el cine. Sus habitantes ya no sobreviven destilando whisky ilegal sino “cocinando” metanfetamina. Una posible salida para los jóvenes es el ejército, de allí que muchos lugareños lleguen a ser carne de cañón del avaricioso Tío Sam.

La magnífica fotografía de Michael McDonough le da textura, entidad, dignidad y una opaca belleza a ropas y ambientes inmersos en un entorno brutal. Nadie podrá acusarlo de darle pintoresquismo a la miseria.

Del excelente elenco que mezcla profesionales y no, sobresalen entre los primeros la inolvidable protagonista, Jennifer Lawrence, un prodigio de expresividad y comunicatividad, y John Hawkes, impredecible, peligroso; entre los segundos, se destacan el soldado reclutador, que es eso en la vida real y que concibió su diálogo y la señora que canta en la reunión.

La directora, Debra Granik se inscribe en el diccionario de los grandes del cine. Con Lazos de sangre es fácil jugar a la clarividencia y augurarle destino de clásico.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

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