sábado, 15 de enero de 2011

Burlesque - Noches de encanto

Burlesque es fantasía pura. Cualquier parecido con la realidad no sería pura coincidencia sino un auténtico milagro. La vida es cruel, benévola, fortuita, melodramática, trágica, absurda, pero nunca, nunca se parece a un mal guión. Una suerte, de otro modo no habría sorpresas. La vida sería un juntadero de fórmulas argumentales gastadas y de lugares comunes que el sentido común ya hace rato debería haber mandado a un museo.

Christina Aguilera, harta de la estrechez de horizontes de su Iowa natal, se viene a Los Ángeles con sueños de gloria. Para triunfar en lo que sea. La chica no tiene las metas claras. (¡Menos mal que no se topa con audiciones para un reality!) Por casualidad recala en un club de burlesque, se enamora del espectáculo y quiere ser su estrella. El burlesque hasta ahora se asociaba con lo pecaminoso, lo lascivo, lo lujurioso, y hasta si me apuran con lo prostibulario. Pero en el templo que regentea Cher, sólo se busca la excelencia en el arte de bailar y hacer fonomímica. Nada de strip-tease, danza de los 7 velos, baile del caño y esas berretadas de putita. No, hay que bailar como Chita Rivera, como mínimo, y mover los labios más rápido que Alfredo Barbieri. Los números tienen personalidad, buen gusto, profesionalismo y están tan aceitados que es increíble que no tengan más público que el Cirque du Soleil. Las chicas son más puras y decentes que personaje de Julie Andrews, y el par de homosexuales que trabajan en el lugar ni oyó hablar de Sarah Palin. Interaccionan como una familia cariñosa que se contiene y se respeta, y a la díscola del grupo (Kristen Bell que fuera Veronica Mars) se la tolera con paciencia y buen humor, se la comprende. Son como La familia Ingalls con plumas. Y sí, las chicas no se desnudan, pero plumas y lentejuelas tienen, sino no sería burlesque, tampoco la pavada. La Aguilera comienza como mesera y no hay que ser muy despabilado para suponer que pronto la fonomímica terminará y ella impondrá el canto. A la chica la ayuda el barman (Cam Gigandet, sin exagerar, uno de los peores actores que jamás haya visto) que ¡oh, casualidad! es compositor de canciones (¡!). Cher está punto de perder el club por una odiosa hipoteca y un adorable ex marido (el bueno de Peter Gallagher) la insta a que se lo venda al buenmozote de Eric Dane (un médico en Grey’s Anatomy). Obviamente, Cher no quiere ni oír hablar de semejante cosa y cuenta con el apoyo de un amigo homosexual (Stanley Tucci, que repite su papel de El diablo viste a la moda) también su asistente y con el que se acostó una vez y que sería, alguien lo duda, su pareja ideal de no ser porque le gustan los hombres al muy pillín. Con este enunciado, imaginarse el resto no les significará ningún esfuerzo. Ah, sin que venga mucho a cuento, anda por ahí como un taquillero, Alan Cumming, que recrea el papel de Maestro de Ceremonias que hizo en la versión teatral de Cabaret, dirigido por Sam Mendes.

Burlesque es un ejemplo de un tipo de cine que pensé que Hollywood ya no haría más, retirado y muerto Elvis Presley: la película de cantantes. Parece un musical, en esencia las películas de cantantes quizá lo sean, pero no son un musical en el sentido de Cantando bajo la lluvia y esas cosas. La Aguilera dice sus líneas bien, pero como en el caso de Elvis no importa si actúa o no, el atractivo depende de que cada tanto metraje ataque una nueva canción. Si quiere ser actriz, va a tener que elegir un guión más demandante y cantar mucho menos. Cher, con tanta cirugía, bótox, colágeno o lo que sea que se use para mantener las arrugas a raya, no puede mover un músculo de la cara. Es una máscara, pero hace una actuación interesantísima con la voz y los ojos, lo único móvil que le quedó. Me gusta su voz oscura y disfruté su versión de “The last of me”. La Aguilera también me gusta, tiene un vozarrón portentoso que maneja arteramente para emitir la difícil pirotecnia vocal de moda en un estilo del pop.

Los números musicales son atractivos, pero, por favor, por lo que más quieran, dejen de vampirizar a Bob Fosse, en especial sus coreografías para Cabaret, Sweet Charity o Chicago (la versión teatral porque a la cinematográfica la “maquilló” Rob Marshall). Ya se cuentan por miles las coreografías con sillas. El musical teatral o cinematográfico lo inventaron los norteamericanos, bueno, no del todo, pero lo desarrollaron, lo evolucionaron y lo llevaron a la cumbre. Es larga y hasta genial su historia. Hay otros coreógrafos en los que abrevar: Hermes Pan, Michael Kidd, Busby Berkeley, Gene Kelly, (apenas unos nombres que me dicta la memoria en este instante, hay más, muchos más a los que pueden “homenajear” o sea robar).

En resumen si les gusta Christina Aguilera o Cher, la verán, perdonarán sus obviedades y la disfrutarán. Si apenas les caen bien o no las conocen, también la pasarán bien; las chicas tienen su talento. Pero si no las pueden ni ver, no se expongan ni al afiche.

(Ah, perdón, hay un número con abanicos de plumas que podría pasar como un strip- tease, pero es tan perturbador que hasta Lolita Torres lo podría haberlo hecho.)
Un abrazo,
Gustavo Monteros

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