sábado, 29 de enero de 2011

Amor de madres

Rodrigo García bien podría hacer suya una de las aseveraciones de Ingmar Bergman: Mi mundo es el de las mujeres. Sí, las películas más personales de García (Con solo mirarte, 10 breves cuentos de amor, 9 vidas y ésta) se aventuran en lo femenino para descubrir el detalle revelador que ilumine alguna conducta. Su método es sencillo: ahondar con sensibilidad un esquema de melodrama. Se diferencia de otros directores que se centran en lo mismo, mujeres y melodrama, (Almodóvar, por ejemplo) porque no hay en él ni cinismo ni parodia ni estimulación gratuita al vaciamiento de lagrimales. Aunque con su obra se llore a mares, la emoción es genuina y surge de planteos honestos. El único pero, más una descripción de su estilo que una crítica, es que a veces sus guiones parecen orientados a la demostración de una premisa previa, como un teorema. Esto le da a sus films un dogmatismo, un didactismo que ensombrece los logros que obtiene cuando se deja fluir sin un itinerario fijo.


Amor de madres (título “vendedor” en español del sencillo Mother and child del inglés original y que huele a telenovelón venezolano o drama lacrimógeno de Libertad Lamarque en México) trata la particular relación que se establece entre madres e hijas y hace pie e hincapié en el siempre delicado tema de la adopción. A propósito no referiré nada de su argumento, que se sigue con facilidad, (aunque se nota “cierta” influencia de su productor, el insoportable Alejandro González Iñárritu, el de Babel y esas cosas) porque creo que se disfruta más si nada se sabe. Diré, eso sí, que está lleno de paralelismos que pueden provocar más de una discusión apasionada. Le hace honor a su marca de fábrica y otra vez oscila entre revelaciones que conmocionan por lo inesperado (y que echan luz nueva a la a veces enigmática conducta femenina) y comprobaciones rígidas de tesis previas, tan definidas de antemano que desilusionan.


García es un excelente director de actores (bah, como el viejo George Cukor, de actrices en realidad). Y como guionista les brinda a sus elegidas, papeles sabrosos que ellas degustan como sibaritas. Eileen Ryan, Cherry Jones, Kerry Washington, Elpidia Carrillo, Shareeka Epps, S. Epatha Merkenson, Amy Brenneman, Brittany Robertson y la pequeña Simone López están maravillosas, al igual que todas las demás actrices con papeles menores; los caballeros Samuel L. Jackson, David Ramsey, Jimmy Smits, Marc Blucas, David Morse y otros no van a la zaga, pero deslumbran y dejan con la boca abierta las estupendas y perdón pero no me alcanzan los adjetivos Annette Bening y Naomi Watts. Ambas son al principio erizos inabordables que de a poco y a los golpes se vuelven accesibles, y la transformación conmueve hasta el tuétano.


Por las discusiones que puede provocar, por el festival de actuaciones inolvidables, por la sinceridad y sensibilidad del director-guionista (sí, es el hijo de Gabriel García Márquez, pero como decía la canción de Billie Holiday: Papá puede tener, mamá puede tener, pero Dios bendiga al hijo que tiene lo propio), es imperdible.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

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