domingo, 9 de mayo de 2010

Carancho

Cinco motivos para ver Carancho


Primero. Porque es cine argentino del mejor. En lo personal, una buena película nacional me satisface doblemente ya que tiene paisajes e interiores que reconozco, personajes en los que me veo, una forma de hablar que me es familiar y una cultura que me refleja. Y cuando veo una excelente película como ésta, ni les cuento. Se me hincha el pecho con un orgullo que debe ser lo que se llama patriotismo. Me siento honrado de ser de un país que produce artistas de esta estatura. En una tierra en el que cipayismo es ley, y en la que hay que luchar para desembarazarse de un complejo de inferioridad que desde siempre nos lleva a oler a lavanda cualquier pedo extranjero, cuesta enorgullecerse de nuestros creadores. Pero ya es hora de sacudirse prejuicios y aceptar que el talento es talento y si es nuestro, cuánto mejor.


Segundo. Pablo Trapero. Con seis películas (Mundo grúa, El bonaerense, Familia rodante, Nacido y criado, Leonera y ésta), ha construido una trayectoria de una coherencia encomiable, de una creatividad inclaudicable y ha redondeado un estilo intransferible que sólo puede describirse con su apellido. El estilo Trapero. Si no le tuviera miedo a las palabras, le endilgaría el trato que le corresponde, el de maestro. (Perdón, más allá de mi entusiasmo anterior, aún me cuesta sacarme preconceptos que me fueron impuestos desde que tengo uso de razón.)


Tercero. Martina Gusman. Una magnífica actriz cinematográfica a la que la cámara ama. Y ella le retribuye tanto amor, entregándolo todo, no guardándose nada. Tiene un talento innato, una astucia, una intuición que la hace saber que no sólo se trata de confiar en la fotogenia o en la actuación sensible. Para brillar en el cine, hay que proyectar una personalidad, una manera única de enfrentar la cámara, eso que hace que Audrey Herpburn sea Audrey. La Gusman lo sabe y obra en consecuencia.


Cuarto. Ricardo Darín. Por mal que le pese a su modestia, para abarcar su trabajo hay que caer en los superlativos. No es sólo uno de los mejores actores argentinos, es uno de los mejores actores del mundo. Qué raro decir esto de un actor que uno vio nacer como un galán canchero y poco más. Pero lo vimos crecer, comprometerse con su oficio hasta llegar a ser este actor luminoso que hace cosas dificilísimas con la naturalidad de quien se peina. Un grande.


Quinto. La película en sí. Un policial negro hecho y derecho. Uno de esos en el que sus protagonistas por personalidad, por trabajo forjan un destino que los empuja a estrellarse. Ya se sabe, el azar en el policial negro favorece y desfavorece caprichosamente, pero a la larga la impiedad se impone. Trapero se acerca al policial negro clásico sin dejar jamás de ser Trapero (sobre todo en el trasfondo social, nítido, corpóreo, nunca discurseado, en el que sus historias se inscriben; se podrían escribir gruesos tratados sobre las resonancias de su dibujo social.) Y por si fuera poco, los últimos 10 minutos son de una contundencia narrativa maravillosa. Una secuencia inolvidable.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

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