domingo, 4 de abril de 2010

Dos hermanos

Todos los años pares, Daniel Burman estrena un largometraje. Así que cada dos años, los degustadores del buen cine argentino estamos de parabienes. Desde su más que auspicioso debut con la bella y sorprendente Un crisantemo estalla en cinco esquinas (1998), el cine de Burman fue siempre atendible, lo evidencian Esperando al mesías (2000) y Todas las azafatas van al cielo (2002), pero desde que inauguró su ciclo de indagación de las relaciones familiares se ha vuelto fascinante: El abrazo partido (2004), Derecho de familia (2006), El nido vacío (2008).


Antes de entrar, el afiche nos informa que seguimos en el universo familiar, pero el eje ya no está puesto en la relación padre-hijo sino en la fraternal. Dos hermanos retoman un trato estrecho después de la muerte de la madre. A Burman más que articular una historia, le gusta narrar desde los personajes. Para ello cumple a rajatabla con un precepto de las artes de representación que en inglés se expresa como God is in the details (Dios está en los detalles). Es decir que cuanto más pormenoricemos una situación en particular más cerca estaremos de hallar una verdad. Burman, más que un pintor de frescos, es un orfebre que engarza gemas en un collar. Cada escena sería una gema. Algunas están mejor pulidas que otras. Sus películas están unidas por apasionantes puntos suspensivos. Tanto en El nido vacío como en Dos hermanos, los personajes se vuelven misteriosos. Los espiamos en momentos intensos, los conocemos en profundidad en circunstancias determinadas, pero no sabemos con certeza qué los llevó a ser así, qué devenir los conformó de esa manera. En Dos hermanos, vemos que Marcos (Antonio Gasalla) reprimió sus impulsos sexuales y supeditó la vida a la de su madre, pero ¿por qué exactamente? Hay pistas, pero nos toca a nosotros completar el retrato. Susana (Graciela Borges) es una manipuladora terrible, pero ¿cuál de todas sus frustraciones la lleva a meterse de ese modo con la vida de los demás? También como El nido vacío, un viaje acelera la peripecia hacia la aceptación y el conocimiento de algunas verdades negadas.


Al ser una película de personajes, los actores adquieren una relevancia suprema. A Gasalla se le pide un personaje muy metido para adentro que lo aleja de sus extrovertidos hallazgos cómicos. Está muy bien, pero por momentos se le escapa su reconocido histrionismo como en la escena en la que le reclama a su hermana la habilitación del celular. Graciela Borges compone un personaje que parece dialogar con toda su carrera. En este personaje conviven las chicas un poco tarambanas que hizo para Torre Nilsson, las señoras paquetas de sus primeros films con Raúl de la Torre y las mujeres patéticas que le dio a Lucrecia Martel y a Luis Ortega. Y agrega ahora el manejo sabio de un negrísimo humor.


Burman vuelve también a coquetear con el musical. Declaró que le encantaría hacer uno, pero que los costos son muy altos. Ojalá encuentre producción y logre concretar esa ambición. En la función a la que asistí, no bien terminó el film, nos prendieron las luces de sala y muchos espectadores que se marchaban tuvieron que volver a los asientos. Esperen los títulos finales, hay una yapa que nos devuelve a la calle con una sonrisa.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

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