domingo, 21 de marzo de 2010

Todos están bien

La voracidad de la sociedad yanqui por estimular el consumismo ha engendrado en el cine tres subgéneros absolutamente detestables. Las películas navideñas, las del pavo de Acción de Gracias y las de los bombones de San Valentín. Las navideñas exhiben alguna que otra gema como El bazar de las sorpresas (The shop around the corner) de Ernest Lubitsch o ¡Qué bello es vivir! (It’s a wonderful life!) de Frank Capra. Los otros dos subgéneros hasta ahora sólo dan pena. (La masacre de San Valentín de Roger Corman es muy buena, pero difícilmente podríamos incluirlas entre los bombones del Día de los enamorados.)


Everybody’s fine de Kirk Jones es una remake Stanno tutti bene de Giuseppe Tornatore en versión navideña, con Robert DeNiro en el papel que hiciera Marcello Mastroianni. (A los productores yanquis no se les cae una idea ni aunque en ello les vaya la bolsa o la vida.) (Para la futura sobrevida en el cable, por las dudas, este film le apunta también al pavo ya que oscila entre el Día de Acción de Gracias y Navidad.)


Sigue fielmente el original italiano con algunos cambios. Como a papá nadie lo visita (¿por qué será?), él sale a visitar a sus hijos. Trata un tema eterno como los laureles: hijos lidiando con las frustraciones de los padres. Pero esta vez se trata de los laureles que no supieron conseguir. Papá sacrificó su vida (Mastroianni soportando humillaciones y DeNiro poniendo en peligro su salud) para que los nenes no sólo salgan adelante sino para que sean los mejores en sus profesiones. Los nenes deben ser auténticas estrellas en lo suyo para que papá, que eligió ser un extra de la vida, no sienta que malgastó su juventud. Claro, nadie puede con el peso de semejante herencia. Los nenes, que de bebés tuvieron su vida hipotecada con las frustraciones de papá, fallan miserablemente. Al final, papá (Mastroianni, un poco menos, DeNiro, mucho más) se dará cuenta de su error y se arrepentirá. Tarde, muy tarde.


En la vida real, a un personaje así, uno le pasaría, sin remordimiento, un camión con acoplado por encima, frenaría y por las dudas no fuera suficiente, daría marcha atrás y lo arrollaría otra vez. Pero puesto en protagonista de una película, interpretado por Mastroianni o DeNiro, uno le tiene más paciencia, lo comprende y hasta se solidariza con él. El arte tiene también esa función, desentrañar conductas que uno de antemano rechazaría de plano.


Las otras actualizaciones tienen más que ver con un progresismo hipócrita y calculador que con una sincera adhesión a posturas bien pensantes. En la película italiana, una de las hijas es madre soltera, cosa que oculta porque papá no podría soportarlo; ahora ese personaje (Drew Barrymore) es lesbiana y cría al hijo con su pareja, del mismo sexo, of course. En la versión italiana, la otra hija finge ser una importante ejecutiva de una telefónica cuando en realidad es una empleada menor, en la versión yanqui es de verdad una exitosa creativa de publicidad (la hermosa Kate Beckinsale), pero ambas ocultan que están divorciadas y que educan solas a su hijo, porque de nuevo papá no podría soportarlo. En las dos películas (Sam Rockwell, en la actual) el hijo músico es feliz siendo percusionista y no el director de orquesta que a papá le hubiera gustado que fuera. En la peli italiana, el hijo muerto es un profesor universitario que se suicidó, y en la yanqui, un pintor drogadicto que termina su vida en México. Y en ambas, papá es viudo. La peli italiana tiene una hermosa secuencia que no tiene correlato en la versión yanqui: el encuentro con una hermosa mujer que posibilitó tener en cámara a dos leyendas del cine: Michèle Morgan y Marcello Mastroianni.


La remake es efectiva, se basa en un melodrama serio y bien armado, pero se le nota mucho el cálculo con el que está hecha para que quede manipuladoramente sensible, componedora y progre.


El personaje de DeNiro es más joven que el de Mastroianni, y está enfermo. El de Mastroianni es un hombre fuerte que sólo sufre los achaques de la vejez. ¿Quién está mejor? Ninguno. O los dos. “El mejor” en el arte no existe. Elegir al “mejor” es una convención caprichosa y estéril para justificar las entregas de premios. El arte se nutre de la diferencia. ¿Quién es mejor, Goya o Picasso? ¿José Hernández o Pablo Neruda? ¿Mores o Piazzolla? ¿El amanecer o el atardecer? ¿Tu mamá o tu papá? Actuar es celebrar la humanidad a través de la sensibilidad o la personalidad del actor. Y ambas virtudes están dictadas por la historia privada e intransferible de cada actor. Mastroianni fue un prodigio y fue un regalo de Dios el haberlo conocido. DeNiro es un prodigio y es un regalo de Dios el conocerlo. Son prodigiosos, no por el talento excepcional, sino por luminosa humanidad que proyectan.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

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