sábado, 27 de febrero de 2010

Al filo de la oscuridad

Tras ocho años sin protagonizar una película y después de cinco años de no estar frente a una cámara, Mel Gibson regresa a la actuación. Ya se sabe, el narcisismo y la coquetería no les son ajenos a las estrellas de cine. Mel Gibson los evidencia por el opuesto de lo que es habitual. A los 54 se esfuerza por no aparentar un años menos de los 79, y con un corte de pelo no muy sentador procura que sobresalgan sus feas orejas y que se le note que se volaron algunas chapas. Sus ojos siguen siendo claros y su carisma está intacto.


Vuelve en un atendible thriller. Thomas Craven (Gibson), un detective de la policía de Boston, recibe la visita de la hija (Bojana Novakovic), a quien matan. En un comienzo se piensa que el disparo estaba dirigido a él, pero no. La trama, basada en una miniserie de la televisión británica de 1985, mezcla astutamente el tema del padre vengador de los viejos westerns con las trapisondas de las corporaciones, tan presentes en los films de los setenta.


Martin Campbell, quien estuviera a cargo de la miniserie original, es un buen director de películas de acción (Goldeneye, Casino Royale, la saga de El Zorro con Antonio Banderas, entre otras). Conduce con seguridad y elocuencia un material que conoce de primera mano y evita (¡Dios lo bendiga!) los desquicios berretas de los thrillers pochocleros. Entrega un film adulto, entretenido y hasta por momentos reflexivo.


Mel Gibson redondea una actuación sentida y medida. Conmueve con su cara esculpida por profundas arrugas y se permite algunos lujos actorales como en la escena posterior a la muerte de la hija. La cámara lo toma de espalda, sentado en un sofá, toda la actitud corporal es de entrega a una pena infinita. Sin embargo cuando la cámara gira para tomarlo de frente, su rostro refleja que la furia pelea con el dolor y gana. Detalle magistral de actor que no ha transitado al pedo por tantos protagónicos.


El gran Danny Huston vuelve a lucirse. Aunque revela más que oculta cosas, porque a menos que haga de Orson Wells, sabemos que es el villano de turno. Pero es imposible prescindir de él si se quiere algo más que un malo de historieta.


Ray Winstone está perfecto en el papel que Robert DeNiro dejó después de algunos días en el set por diferencias creativas con Martin Campbell. Sin ser injusto con Winstone, es una pena que DeNiro no esté. Gibson y DeNiro tienen en común una manera muy “masculina” de atacar los roles, y verlos juntos hubiera sido un placer adicional.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

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