lunes, 7 de septiembre de 2009

Bastardos sin gloria

Como los grandes directores, Quentin Tarantino es un cinéfilo militante. Eso sí, su cinefilia es muy democrática. Abarca de las formas más excelsas a las más bajas, aunque su corazón se inclina más hacia los géneros abyectos y bastardos.


Después de disfrutar las mieles del éxito, ver su testa coronada de laureles y disfrutar el asedio de las reinas de la belleza, todo gracias a su sensacional Kill Bill, se estroló contra el piso con Death Proof, la segunda parte de su proyecto Grindhouse, homenaje al cine berreta de terror de los programas dobles de los cines de cruce (como el viejo, querido y glorioso Belgrano). Dicho proyecto lo compartía con Robert Rodríguez, cuya primera parte, Planet Terror, fue también un gran bodrio.


Fiel a sí mismo, en vez de refugiarse en formas más clásicas como las que practicara en Jackie Brown, que despiertan siempre el unánime beneplácito crítico, duplicó la apuesta de sus excentricidades y entregó una película cuanto menos desconcertante.


Como ante cada estreno de un film de Tarantino se navegaron ríos de tinta, se caminaron kilómetros de papel y se necesitaron eternidades de horas para remontar cada influencia y escalar cada logro. Los pobres pelafustanes como yo, que gustan leer sobre cine, quedamos sepultados por la avalancha de datos. (Pasa algo parecido con los estrenos de Almodóvar.) A lo que voy es que es casi imposible llegar más o menos virgen a un film de Tarantino. Tanta información chamusca la sorpresa.


Yo a mi vez no los fatigaré con erudiciones y sapiencias y procuraré desempolvarme las influencias recibidas.


Como siempre la narración es fragmentaria, hay en este caso cinco capítulos. (Tarantino más que un bordador de tapices, es un joyero que engarza perlas y arma collares deslumbrantes.) Hay diálogos ingeniosos y caprichosos, más artificiosos y rebuscados en este caso porque al tratarse de un film de época, los personajes no pueden discurrir sobre hamburguesas o las canciones de Madonna. Su regusto por la hiperviolencia está presente, aunque en menor medida de lo que podía esperarse. Y es su película con la mayor cantidad de referencias cinéfilas, si esto es posible en un director que hace de las citas y guiños su marca de fábrica. Es larga y se le nota. Es despareja y la menos orgánica de todas sus películas.


No me adentraré demasiado en el argumento, muy mentado en las críticas nacionales e internacionales, lo que arruina la expectativa. Por lo que sigue, sólo diré que un grupo de judíos furibundos más una bellas de armas tomar, después de darle a los nazis una sopa de su propio chocolate, ganan literalmente la segunda guerra volando incluso al mismísimo Hitler.


Ideológicamente plantea un dilema que es imprescindible resolver. ¿Estamos ante un disparate fenomenal o ante la seria elaboración de una metáfora del arte como reparación justiciera de la historia? La mayoría de los críticos optó por la variante de la metáfora (construida con nociones harto inflamables y polémicas) y firmaron sesudas interpretaciones alabando o denostando la instauración de semejante atrevimiento. Unos pocos, a los que adhiero, la consideran una broma colosal, tan nociva o influyente como una historieta desmadrada de la vieja revista El Tony. El tiempo dirá cuál de los dos grupos tuvo razón. (En lo personal digo que no sé si será por pertenecer a un país en el que las Nazarenas Vélez hacen cualquier cosa por los dos minutos de fama, pero me cuesta darle entidad a tamaña concatenación de disparates. Creo que Tarantino sólo se aseguró de volver a ser el eje de la polémica. Y como el payaso genial que es, lo logró.)


Al igual que toda película de un cinéfilo, los rubros técnicos son de primerísimo nivel. La banda sonora, como la de Moulin Rouge! mezcla libremente canciones de diferentes períodos. El reparto incluye actores de distintas extracciones, experiencias y talentos. Va desde el inolvidable villano del austriaco Christoph Waltz, pasando por un irreconocible Rod Taylor como Churchill, los atendibles Michael Fassbender y Daniel Brühl, dos mujeres bellas y talentosas, Diane Kruger y Mélanie Laurent, hasta otros que fueron elegidos por la cara o por ser amigos del director como Eli Roth. Y Brad Pitt, claro. Sorpresivamente, este prototípico muñeco lindo de madera balsa da su mejor actuación y alienta la esperanza de que, después de todo, quizá haya un actor detrás de su celebrada y anodina donosura.


Creo que más allá de los reparos que puedan hacérsele, esta ucronía merece verse. Aunque más no sea porque hay un par de escenas que de tan bien resueltas, rozan la genialidad indiscutida.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

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