viernes, 17 de julio de 2009

Donde las águilas se atreven

Hace unos años, no muchos, fui a visitar a una amiga. Me atendió con los ojos rojos. Le pregunté si le pasaba algo. Sonrió y me dijo que acababa de ver una película. Me contó que se trataba de un film con Anthony Lapaglia, El jardín de la redención. Como yo aún no lo había visto, me refirió brevemente el argumento y concluí que era bueno. No, me dijo, es repedorro. Pero te emocionó, insistí. Sí, contestó, pero tuve que hacer un poco de fuerza, viste como es el cine últimamente, si no ponés algo de tu parte, no pasa nada. Preparó mate y hablamos de nuestras cosas. Pero lo que dijo me dejó pensando.


Es verdad, hoy en día a las películas “industriales”, “comerciales”, uno las tiene que completar. No nos terminan de convencer a menos que uno haga un esfuerzo consciente de que les creemos, de que no vemos las hilachas de hilo chanchero con las que están atadas. Están tan torpemente contadas, que en algún momento, uno elige creerles para no sentirse muy estúpido, para no tener la horrible sensación de que estamos perdiendo el tiempo con algo que no vale la pena, que no es del todo malo, pero que es muy mediocre.


Pero el cine industrial no siempre fue así. Hubo una época en que los ejecutivos se formaban en el cine y lo amaban. No eran egresados de universidades cínicas donde se aprende que todo el cine puede reducirse a fórmulas, que A más B siempre da C. Se les enseña a vender y da lo mismo una película, un antiácido o un candidato político. Piensan en términos de producto, no de narración. A esta gente no le interesa contar historias si no vender pochochos. Los viejos ejecutivos sabían que vendían entretenimiento en forma de historias, eran conscientes de que una buena historia bien contada se vendía bien, y que podría transformarse en inolvidable y mejorar el negocio volviéndonos pendientes de la nueva historia que propusieran. Los nuevos ejecutivos si no odian al cine, al menos lo desprecian. Equiparan un film a un jabón o a un paquete de papas fritas. Para ellos una película es algo que se olvida y se desecha una vez consumido, como una cáscara o un envoltorio vacío. Como el envase de pochochos que a ellos tanto les interesa.


Antes las películas no eran multitarget, o sea, por ejemplo, un policial con interés romántico, interludios cómicos y con una subtrama alrededor de un ídolo teen, para interesar al hombre medio heterosexual y/o homosexual y/o bisexual y/o metrosexual, a la mujer romántica de edad amplia, al adolescente calentón y al niño proclive a la comicidad obvia. El resultado es algo que cualquier cocinero sabe, si uno pone tantas cosas en la olla, lo que sale sólo puede ir a la basura. Pero, claro, después de tanta plata invertida, no importa cuán grande sea el bodrio, se lo vende igual, se le pone más publicidad y sale con fritas.


Bruce Willis y Colin Farell todavía procuran saber a qué género pertenece En defensa del honor. Sandra Bullock (la más castigada por el multitarget) aún se pregunta de qué iban La red, Corazones en conflicto, o Fuerzas de la naturaleza. Halle Berry y Sharon Stone todavía se entrevistan con videntes para saber de que se trataba Catwoman.


No siempre fue así, antes las películas pertenecían a un género determinado. Puro. Eran de amor, de acción, de guerra, de cowboys, policiales, cómicas, dramas o musicales. Y no era que los viejos ejecutivos de los estudios fueran mejores personas que los actuales. No, con las pieles de actores, directores y guionistas estaban tapizadas sus oficinas. Pero cuando elegían una historia, querían contarla lo mejor posible. Y si era un western era un western, en medio del rodaje no querían transformarlo en drama sociológico porque el estudio de al lado ganó un premio con Crash, o en un drama de travestis porque Las aventuras de Priscilla estaba haciendo plata.


De aquella época hermosa, en que uno iba al cine sabiendo qué iba a ver, pertenece Donde las águilas se atreven. Es de guerra, guerra. El tagline o slogan del afiche denunciaba claramente sus intenciones: “Un fin de semana, el mayor Smith y el teniente Schaffer y una hermosa rubia llamada Mary decidieron ganar la Segunda Guerra Mundial. Deben hacer lo que ningún ejército puede hacer, ir adonde ningún ejército puede ir. Tienen que penetrar El Castillo de las Águilas, centro neurálgico de la Gestapo y VOLARLO”. Eso ofrecían y era eso lo que daban. Ni más ni menos. Una aventura apasionante para comerse las uñas o estar más en el borde de la butaca que apoyado contra el respaldo. Caían, claro, en todos los trucos lícitos del género. (Los protagonistas tenían, por ejemplo, una puntería certera, y los otros erraban más que acertaban.) Y en esta película para acrecentar más el suspenso, hay un traidor entre ellos. ¿Quién? Eso generaba inesperadas vueltas de tuerca, no estúpidas y gratuitas como las que plantean los argumentos ahora, sino lógicas y coherentes. Cumplían a rajatabla el mandamiento del viejo Hitchcock: al público hay que engañarlo honestamente. Debo confesar que vi esta película varias veces, pero consciente o inconscientemente olvido quien es el traidor, y así siempre lo disfruto como si fuera la primera vez.


Supongo que ya es obvio que la recomiendo calurosamente. Dura 158 minutos que se pasan volando. Es electrizante. Y es una fiesta verlo interactuar a Richard Burton con Clint Eastwood. Estrellas de cine de la vieja escuela sabían que ante todo debían proyectar sus fuertes personalidades viriles, que las actuaciones y sus sutilezas venían después. Al ser dueños de físicos, edades y temperamentos muy disímiles, el contraste era enriquecedor. Eastwood, aunque había estudiado actuación, se había formado en el set trabajando sin descanso, su escuela era la mejor, la de la experiencia continua. Burton venía del teatro, su trabajo, ligeramente aparatoso, tenía el misterio del dominio de la palabra y de los silencios, una mirada o una pausa contaban más el conflicto que las réplicas. Ojalá la den subtitulada porque Burton tenía una bellísima voz de barítono que moldeaba las palabras como esculturas. (Aunque con el doblaje él tuvo suerte, el actor centroamericano que lo doblaba siempre también tenía una hermosa voz). La rubia mencionada en el afiche era Mary Ure, una bella y talentosa actriz de triste destino. Fue la primera Alison de Recordando con ira. Tuvo matrimonios desastrosos con John Osborne (quien la retrata con insólito desprecio en sus memorias: Casi un caballero) y Robert Shaw (cuyo tremendo ego la hizo relegar su carrera). Murió de una sobredosis accidental de alcohol y barbitúricos a los 42 años.


La da TCM (el canal 38 en mi cable) el martes 21 a las 23:45. Duerman la siesta, preparen un termo de café y trasnochen, vale la pena. O programen la videocasetera y grábenla. Palabra de amigo, no se arrepentirán.


Una de las cosas que odio de ir al cine hoy es que entro y siento que estoy en territorio enemigo. Venden pochoclo y gaseosas, como en los cines yanquis que aparecían en las películas de la infancia. No es que odie los pochoclos, todo lo contrario. Pero eran el “mimo” de la visita a la abuela o la “gracia” de papá y mamá los fines de semana que llovía, la alternativa “light” a las ricas y pesadas tortas fritas, nunca se correspondían con la ida al cine. Ya sé que se impusieron en nuestros cines por culpa de la transculturización, la globalización y la desidia a defender nuestras costumbres. Yo, por rebeldía zonza e inútil, no compro pochoclos ni aunque me muera de hambre, ni bajo amenaza de revolver. Cambio con beneplácito la linda y desangelada joven que ofrece los pochoclos y la coca cola por el viejo caramelero, un poco encorvado, de eterna casaca color té con leche, que proclamaba agresivamente: “¡Maní con chocolate, caramelo, bombón helado!” Ésos son los gustos del cine, o al menos de “mi” cine. Esta película es ideal para verla comiendo maní con chocolate Arcor, caramelos Media Hora o bombón helado Noel. Lo que es, uno ya no lo puede cambiar, pero al menos uno puede no olvidar que hubo una vez un mundo que no era el reino del desencanto si no el de la promesa, que al menos desde la pantalla siempre te cumplían.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

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