domingo, 21 de junio de 2009

La felicidad trae suerte

Mike Leigh, como se decía también de Ingmar Bergman, es un dramaturgo cinematográfico. No sólo escribe con la cámara y el guión sino también con los actores y la puesta en escena. Aunque sus films son fuertemente cinematográficos, tienen la profundidad y la concentración de una buena obra de teatro.

Como si viviera en la Argentina, sabe que la realidad es compleja y para nada unívoca. Se aleja como de la peste de los fundamentalismos maniqueos de los yanquis. Nada es bueno o malo, ni siquiera verdadero o falso; la realidad es una amalgama de heroicidades, miserias, generosidades y canalladas. La Biblia y el calefón, como quien dice.

Ejemplifiquemos su visión con uno de sus films: El secreto de Vera Drake. Vera es una mujer buena, noble y generosa como pocas, pero lleva una doble vida, hace abortos clandestinos. Cuando la descubren y la apresan, dice: yo sólo quería ayudar. Mike Leigh no la juzga, no la castiga, no la premia ni la justifica. Sólo la muestra lo más detallada y profundamente posible. Uno sale del cine no con una opinión, sino con un mundo a dilucidar. Alguien que ama tanto la vida, ¿puede hacer abortos? Si para ella no hay contradicción, ¿por qué el secreto?

Como buen artista, plantea preguntas. Pero nunca simplistas, esquemáticas o tramposamente orientadoras.

Como buen humanista, la esperanza no le es ajena.

Con La felicidad trae suerte parece haberse metido en camisa de once varas. Descubrió que el optimismo tiene muy mala prensa. Los reportajes eran casi una interpelación y lo acusaban prácticamente de haberse pasado de rosca con la fluoxetina o de haberse fumado un cigarro de yerba mate sabor pomelo en ayunas. Todo por proponer al buen humor como una alternativa de vida. ¿¡Cómo un intelectual podía ser tan poco serio?! Parece que sólo una visión negativa de la vida es lo políticamente correcto.

No hay nada peor que los lugares comunes que se asumen como verdades reveladas. Es como si el undécimo mandamiento fuese: Tendrás una visión nihilista de la vida o no serás nada. Como si la alegría sólo fuera patrimonio de los brasileros bailadores de samba. Opinar que el mundo merece el exterminio inmediato está bien, tener esperanza es de religioso petardista, y ser alegre es de descerebrado trasnochado. Los prejuicios no tienen límites y la estupidez parece congénita.

En un mundo rotulador, ser un intelectual comprometido y alegre es una abominación, una contradicción en términos insalvable. Pobre Mike Leigh, los que lo conocemos, nunca lo consideraríamos un tarambana alegre.

Aventuré estas reflexiones antes de ver la película. Confieso que comencé a verla con temor. Ya antes había hecho films luminosos (Life is sweet, Career girls) y no había desatado tanto enojo. ¿Acaso su cerebro se había reblandecido y se había convertido en un viejo gagá?

Conforme el film avanzaba, me tranquilicé. Era el Mike de siempre.

Poppy es una maestra de primer grado y tiene la desagradable costumbre de algunas docentes de niños de abusar de los diminutivos y de la jerga infantil. (Los subtítulos no lo registran, pero juro que es así.) Ser alegre está en su naturaleza. El delicioso personaje de viejo huraño, malhumorado, gruñón, andropáusico que hacía Walter Matthau la ahogaría con el primer almohadón a mano. Y durante los primeros 20 minutos, uno se pregunta si no tendría razón. Es alegre como un cascabelito. Pero uno que suena todo el tiempo. La alegría se asocia con la levedad, con la superficialidad. Sin embargo, en el entorno de Poppy nada es leve y superficial.

Puede que Poppy sea alegre, optimista, dicharachera, feliz, un poco insoportable a veces, pero no es ninguna tarada como lo demuestra sobre el final.

Como en todas las películas de Mike Leigh, los actores son maravillosos. Y los personajes están tan bien definidos que se podrían escribir tesis sobre ellos.

El mundo es una mierda, parece decir Mike Leigh. Hay guerra, hambre, miseria, codicia, enfermedad, injusticia, etc. Que habría que cambiarlo, no hay quien lo niegue. ¿Quién está más cerca de cambiarlo? ¿El que con amargura lo acepta y lo soporta? O ¿el que con una sonrisa procura que todos a su alrededor, en su pequeño lugar del mundo, sean felices?

Y sí, la alegría no estimula el morbo de nadie. Cuando le preguntamos a alguien cómo está, esperamos que nos cuente problemas. Si más de dos veces, nos contesta que está bien, asentimos y pensamos: Este boludo es tan superficial que nunca le pasa nada. Craso error, nada debe de ser tan difícil como procurar estar bien, y permanecer bien.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

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