jueves, 7 de mayo de 2009

El lector

Nunca habrá suficientes films sobre el Holocausto. Así como nunca habrá suficientes films sobre la dictadura argentina. Si no queremos que se repitan, o al menos postergar su repetición lo más posible (porque la historia enseña que el horror es inevitable y cíclico) hay que recordar lo que pasó. Siempre.

El problema con la monstruosidad, es que genera en las sociedades en las que se produjo una culpa latente, difusa, inaprensible. Se alienta entonces lo más fácil, la negación, la desmemoria, el poner la mugre bajo la alfombra. Si no lo veo no existió, fue un mal sueño, ya pasó. Como diría Shakespeare, se incuban los huevos de la serpiente y la monstruosidad vuelve, peor.

El desafío de los creadores es encontrar modos de contar el horror que ayuden a superar la negación y el rechazo. Y el desafío aun mayor es no banalizarlo, trivializarlo, transformarlo en una anécdota, porque si se lo neutraliza, se logra lo opuesto de lo que se propone.

Como con La vida es bella. La aplaudimos sonoramente, celebramos que desde el humor blanco y sentimental se pudiera también esbozar el horror. Hasta que caímos en cuenta que al no mentarlo en su verdadera magnitud, casi lo justificaba. Pobre Benigni. Se le abrieron todas las puertas, pero cuando quiso repetir la visita, descubrió que era persona non grata. Y en vez de enmendarse, persistió en su error.

Una ingratitud, porque gracias a él descubrimos que la ingenuidad no es un buen camino para tratar el horror. Si de humor se trata, el ridículo y el absurdo son efectivos, como bien lo demostraron Chaplin (El gran dictador), Ernest Lubitsch (Ser o no ser) o Mel Brooks (la remake de Ser o no ser y Los productores).

En El lector, el horror se trata con profundidad en la clase sobre los alcances de la ley y en el encuentro final en Nueva York.

La cuestión es que esas escenas son tangenciales, el peligro radica en los ejes del relato.

Al no adentrarse en el pasado del personaje de Hannah (Kate Winslet), ¿no se está eludiendo la cuestión? Al no profundizar en el hecho de que quizá ella no se arrepiente porque a lo sumo se siente tan culpable como la sociedad que la llevó a hacer lo que hizo, ¿no se banaliza el tema?

La cosa es así. Estamos en Alemania, en los 50. Un chico de 15 años es iniciado sexualmente por una hermosa mujer que lo dobla en edad. Se separan, el tiempo pasa. Él estudia abogacía. Un día el profesor los lleva a presenciar un juicio de criminales de guerra, y el pibe descubre que su ex amante perteneció a la SS.

Eso es lo básico, hay muchas cosas más, pero no las cuento para no arruinarles la fiesta.

El film, más allá de su tema tan poco glamoroso, es un glamoroso drama Hollywood para la temporada de premios. Todo es bello, prolijo, elegante. Stephen Daltry (Billy Elliot, Las horas) narra con fluidez y tiene una puesta en escena elocuente.

Kate Winslet reverdece sus laureles de gran actriz. Su perfil de dama de Rubens es un deleite para los ojos. Y desnuda es muy voluptuosa.

A los productores les gusta jugar perversamente con la memoria de los espectadores. Como el profesor atormentado por el pasado está Bruno Ganz, que fuera Hitler en La caída; y el chico se transforma en la adultez en Ralph Fiennes, que fuera el atroz asesino nazi de La lista de Schindler.

La música de Nico Muhly es sencillamente insoportable. Es cursi, invasiva y estúpida.

A pesar de todo, El lector merece verse porque promueve la discusión no por sus logros sino por sus agachadas y cobardías.

Cuando la vean y sepan el secreto de Hannah, ¿no sienten que de algún modo intentan disculparla por haber sido nazi, la pobre?

Un abrazo,
Gustavo Monteros

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