lunes, 18 de mayo de 2009

Ángeles y demonios

Dan Brown, mediocre autor de literatura de supermercado o de aeropuerto (llamada así porque no persigue otro fin que mitigar insomnios o evadir el pánico del vuelo) ni en sus sueños más salvajes supuso que se convertiría en multimillonario.

Como diría Discépolo, la suerte lo es todo, para un lado o para el otro. Le bastó apropiarse de las especulaciones alternativas a la versión oficial de la Iglesia sobre el inicio del cristianismo (que antropólogos, sociólogos, lingüistas y filósofos venían manejando por más de 30 años sin levantar ninguna polvareda), para vender libros como panes.

Es que el azar determinó que las mencionara en el momento en que literalmente todo el mundo quería entretenerse con esas especulaciones.

El Código Da Vinci era la segunda novela protagoniza por el semiólogo Robert Langdon. Ángeles y Demonios, que la precedió llega ahora al cine como una secuela, con el mismo tándem creativo de la anterior, el actor Tom Hanks y el director Ron Howard.

Es una verdad de Perogrullo, pero la novela y el cine son medios expresivos completamente distintos. Pueden coincidir en algunos aspectos, pero tienen herramientas y necesidades diferentes. A una novela por más “cinematográfica” que sea le sobrevendrán cambios cuando se la lleve al cine. Según el eje narrativo elegido, desaparecerán subtramas, personajes, habrá cambios de circunstancias, de motivaciones, etc.

Esto pasa simplemente porque, lo que es creíble en el papel, puede no serlo cuando se lo corporiza y se lo pasa a la acción. Además, los trucos del “turn pager” (que nos hacen leer de un tirón, ansiosos de llegar al final, dando vueltas páginas y páginas) no son los mismos que usa el cine para crear suspenso. En una novela, el suspenso se crea por una sucesión de hechos que trabajan por acumulación, con o sin progresión dramática. En cine, la progresión dramática es esencial para crear el suspenso.

Esto viene a cuento, porque autores que vendieron millones de libros como Jane K Rowling o Dan Brown (ya sea por estupidez, soberbia o la voluntad de ejercer autoridad sobre uno de los poderes más despóticos y mafiosos del mundo: Hollywood) exigieron que sus novelas fueran llevadas al cine sin cambios, con fidelidad absoluta.

Por lo tanto, la trascripción cinematográfica de Harry Potter y la piedra filosofal de Jane K Rowling por Chris Columbus, y la de El Código Da Vinci de Dan Brown por Ron Howard, nunca tuvieron chance como películas. No fueron destinadas al espectador común, sino al devoto lector de esas novelas. De allí que fueran pesadas, difíciles de seguir, más una seguidilla de escenas que el desarrollo de una trama. Los devotos lectores, felices, porque veían la reproducción fidedigna e imperturbable de lo que habían amado leyendo.

Jane K Rowling aprendería la lección, y en las sucesivas versiones cinematográficas de sus novelas HarryPotterescas, aflojaría las riendas, y los directores Alfonso Cuarón, Mike Newell y David Yates tendrían la libertad de construir películas. Sus fieles lectores no protestaron, más bien todo lo contrario, podían cotejar las diferencias entre el libro y la película.

Dan Brown también parece haber aprendido la lección, y ahora Ron Howard tiene la oportunidad de echar mano a su experiencia de artesano hollywoodense a la antigua. Como los viejos directores bajo contrato de los grandes estudios, Ron Howard puede dirigir lo que sea: dramas, comedias, policiales, westerns, etc. Nunca aportará mucha creatividad, pero si fluidez y pericia. Nunca hará una gran película, pero tampoco un gran bodrio.

Pero que el hombre tenga solvencia y le hayan dado un poco más de piolín no significa que haya hecho una buena película

La cosa es así. Ha muerto un Papa buenísimo y hay que elegir sucesor. Una secta pro ciencia, enemiga acérrima de la Iglesia (los Illuminati) ha secuestrado a los cuatro cardenales más “elegibles” y amenaza con matarlos de a uno por hora. También ha puesto una bomba de antimateria que puede volar el Vaticano. Por suerte para el simbolista que interpreta Tom Hanks, han enviado un video (!!!) que puede ayudarlo a evitar el desastre.

Ángeles y demonios dura 140 minutos y es entretenida si uno deja el cerebro en la puerta del cine. Todo es un gigantesco disparate de alto octanaje. Nada resiste el más mínimo análisis lógico. Si uno se detiene a pensar un segundo en lo que está viendo, se sentirá tratado de estúpido. Pero si uno acepta pasivamente todas las volteretas que propone la insustancial trama, es posible que se divierta, a juzgar por la reacción de algunos espectadores que me acompañaban.

Los actores de El código Da Vinci, (Audrey Tautou, Ian McKellen, Jean Reno. Paul Bettany, Alfred Molina, Jürgen Prochnow) encorsetados por las exigencias del autor, estaban más cerca del bronce estatuario que del repentismo actoral. Los de Ángeles y demonios, (Ayelet Zurer,Ewan McGregor, Stellan Skarsgård, Armin Mueller-Stahl, Nikolaj Lie Kaas) sin tantas restricciones, se divierten más. Nadie ganará un premio con este film, pero tampoco les dará vergüenza incluirlo en el currículum.

La banda de sonido de Hans Zimmer, que mezcla un melodramatismo agudo con estentóreos cantos gregorianos heavy metal, me entretuvo la primera hora, después me aburrió.

En resumen, a menos que hayan leído la novela y les intrigue ver que hicieron (mi caso), no puedan reprimir la curiosidad de ver cómo le queda el bótox a Tom Hanks, deban cumplir con una dosis mensual de cine pochoclero, o les parezcan seductores los actores en sotanas, absténganse… mucho.

Un abrazo,
Gustavo
Monteros

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