domingo, 12 de abril de 2009

El niño pez

Voy a cometer un pecado mortal. Voy a decir que una muy buena película me aburrió soberanamente. Perdón, debo ser sincero. A mí, XXY, la ópera prima de Lucía Puenzo me pareció aburridísima. Puedo enumerar largamente sus virtudes, pero nunca conecté con ella.

Entonces ¿por qué iba a ver la segunda película de la Puenzo? Porque Emme me robó el corazón con Rita, la salvaje. Fue el debut teatral más apabullante que vi. Se plantaba en escena como una secuoya, se entregaba, se arriesgaba y casi siempre la pegaba. Lucía la audacia y el aplomo de una veterana, sin embargo ¡era una debutante! Por momentos la obra se caía a pedazos o se iba directa al carajo, y ella permanecía incólume y nuestra compasión con ella.

Por Emme iba, aunque cuando un director elige un actor que respeto, se me despierta una natural empatía. Y si la Puenzo había elegido a Emme...

El niño pez no es tan buena película como XXY, pero esta vez la pasé bien. Quizá porque es audaz, ambiciosa, apasionada.

No es lineal como XXY, tiene una estructura compleja. Se asienta sobre un cruce de géneros, participa tanto de una historia de amor, de un policial y del realismo mágico. Pero es la historia de amor la que le da cohesión.

Lala (Inés Efron) adolescente rica, hija de un juez, ama a, y es correspondida por Guayi (Emme), la sirviente paraguaya de la casa. Un día, el juez aparece muerto. Lala huye. Guayi se queda, es acusada del crimen y enviada a un correccional de menores. De este punto de partida se entroncarán los flashbacks que nos contarán cómo llegamos hasta aquí. Luego Lala regresará y la historia procederá a su desenlace.

Que la familia rica se apellide Brontë no es gratuito, una vez armada la historia veremos que tiene las densidades, las complicaciones melodramáticas y las pasiones descabelladas de una novela de las hermanas Brontë.

No es una gran película, pero es buena. Los cinco para el peso que le faltan son algunos diálogos solemnes y ampulosos a los que una reescritura les vendría bien o un tiroteo que merecía una secuenciación más clara, pero entre los 95 restantes figuran una dirección con un punto de vista preciso, una historia compleja que cuando se completa suena rotunda, porque aunque hay argumento como para tres películas, los detalles han sido atendidos y los vericuetos de los personajes y la trama resultan nítidos y contundentes, y un elenco impecable conducido con firmeza.

Inés Efron ratifica el talento mostrado en XXY y en Amorosa soledad. Arnaldo André quizá fue siempre un buen actor relegado al galán eterno, ahora que la madurez lo ha liberado de la galanura exhibe una ductilidad que sorprende. Tanto este trabajo como el que le vi en la puesta de Los monstruos sagrados de Jean Cocteau muestran un actor que se luce en exigencias hasta hace poco impensadas para él.

Y Emme deslumbra en cada escena. Su personaje tiene como arma de defensa y ataque su propio cuerpo y Emme hace pasar todas las emociones de su personaje por la morbidez de su cuerpo para nada anoréxico. Su cuerpo desata la lujuria, pero también manipula las pasiones. Y es su cuerpo el que se quiebra de dolor. Las actrices suelen ser inseguras y ponen en duda hasta lo obvio. Ojalá Emme sea consciente de la autoridad de su talento, ganaríamos una actriz maravillosa.

Ah, el niño pez del título es un mito personal de Guayi que encierra un dolor inabarcable, una representación simbólica para sobrevivir o hacerlo soportable.

Un abrazo,

Gustavo Monteros
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