martes, 24 de marzo de 2009

Nuestra Natasha

Odio profundamente los obituarios y aquí estoy escribiendo uno. Como diría Walt Whitman: What the hell if I contradict myself (Qué carajo importa si me contradigo a mí mismo)

El miércoles estaba mirando Boca-Guaraní, el partido estaba aburrido e hice zapping. La CNN me informaba que Natasha Richardson había muerto. Fue como un golpe en el estómago y me agarró la tristeza infinita. No es que no supiera que estaba grave, los diarios internacionales lo advertían, pero acostumbrado a la prensa local que mata a la gente cada vez que le sale un callo (¿cuántas veces mataron a Sandro? el pobre anda muy cachuzo pero todavía vive), pensé que por ahí zafaba.

Volví al partido que se puso interesante o al menos se llenó de goles, pero yo ya no lo veía. Acudían a mi mente en tropel, sin orden ni concierto las películas protagonizadas por la Richardson: La condesa blanca, Asylum, Gótico, Entre la furia y el éxtasis, El monte de las viudas, Una relación indecente, Éxito por los pelos, Zelda.

Aunque el gran público quizá la recuerde más como la tercera en discordia de Jennifer López y Ralph Fiennes en Sueño de amor, o como la doctora de Jodie Foster en Nell, film en el que conoció a Liam Neeson con quien se casaría y tendría dos hijos.

Tenía (¡qué feo es hablar en pasado!) todo para ser una estrella de cine: talento, presencia, magnetismo, pero nunca se tomó muy en serio lo de ser estrella. Por venir de una familia de actores de ilustre abolengo y encumbrada prosapia, (fue hija de Vanessa Redgrave y el director Tony Richardson, sobrina de Lynn Redgrave, hermana de Joely Richardson, y nieta del gran Michael Redgrave) sabía que el estrellato es un campo minado, se recogen carretilladas de rosas mientras no se pise una mina y se vuele por los aires.

Lo que sí se tomaba en serio y amaba con fervor era el teatro. El crítico teatral en jefe de The Guardian dijo que su muerte era “Una tragedia para el teatro”. No parece una hipérbole desmadrada si se toma en cuenta que protagonizó Anna Christie de O’Neill, De repente en el verano (con Maggie Smith) y El tranvía llamado deseo de Williams, La gaviota de Chejov, Espectros y La dama del mar de Ibsen, los musicales Alta sociedad y Cabaret (en la puesta de Sam Mendes) y como buena inglesa anduvo por algunos Shakespeares, fue Helena en Sueño de una noche de verano y Ofelia en Hamlet. A fines de este año planeaba hacer Señorita Julia de Strindberg.

Broadway le rindió el conmovedor homenaje que le tributa a los grandes. El jueves a las 8, hora en que comienzan las obras, el público y los elencos de todos los teatros hicieron un minuto de silencio, mientras que en la calle se apagaban todas las luces y marquesinas por un minuto. Ver esa calle siempre extremadamente iluminada sumirse en las penumbras provoca una congoja atenazadora.

Cada vez que muere un artista, el mundo se pone un poquito más feo. Parafraseo el título de una obra de Alejandro Casona y digo Nuestra Natasha se fue porque Dios estaba armando un elenco de repertorio en el cielo y necesitaba una primera actriz. Sin duda le iluminará cada papel que le otorgue.



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