viernes, 13 de marzo de 2009

Gomorra

Gomorra es una película italiana sobre la Camorra, la famosa mafia napolitana. Como se ve, el título es un juego de palabras, al nombre de la organización delictiva se le cambian las dos primeras letras para acercarla a la ciudad bíblica que fuera destruida por la ira divina debido a su necedad, crueldad y miseria.

La película se basa en el best seller de Roberto Saviano (éxito amargo, por revelar algunos secretos criminales, el autor vive bajo protección policial permanente). Dirigida por Matteo Garrone, ganó el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes del 2008. Merecidamente.

Es un film único e irrepetible que llega a alturas insospechadas en los films de mafiosi.

Para empezar no se parece a nada que hayamos visto antes. No hay capi mafia carismáticos, ni música operística, ni arengas sobre el honor, ni mammas revolviendo estofados o guardaespaldas en trajes de Armani. Aquí no hay glamour ni glorificación.

Por aquí deambulan los últimos orejones del tarro, los miembros menores de las órdenes inferiores. Los más importantes quizá, porque son las raíces, las bases del andamiaje. Y la carne de cañón.

Están Ciro y Marco, dos jóvenes caóticos que buscan emular a Tony Montana, el personaje de Al Pacino en Scarface (¡pavada de role model!); Franco, un intermediario que posibilita que los países desarrollados tiren sus desechos tóxicos altamente cancerígenos en estos parajes; Pasquale, un sastre especialista en copiar diseños de alta costura; Don Ciro, un pagador de “beneficios” para las familias de los “soldados” que están muertos o en la cárcel; y Toto, un chico de 13 años que sueña con pertenecer a la organización.

La cámara sigue a los protagonistas como si estuviéramos en un documental o en una reformulación de las premisas del neorrealismo. Y valga la paradoja, esa cercanía es también una distancia. No hay que olvidar que el punto de vista es todo. A los autores no les interesa comprometernos emocionalmente en los dramas y en las tragedias que se narran, porque a veces el horror no se aprecia si los sentimientos están comprometidos.

Hay una insistencia en no juzgar sino en mostrar. Por primera vez en mucho tiempo, la cámara en mano no es el estúpido jueguito de moda sino el recurso ideal para lo que se está contando. La cuidada planificación se constituye en un lenguaje rico, potenciador y perturbador. Por ejemplo, la no apertura del plano en la escena en la que Don Ciro visita a sus “beneficiarios” cuando ya se instaló la guerra con los “secesionistas” es magistral. Los primeros planos desnudan las muy expresivas caras de los actores; los planos medios se ciñen a la claustrofobia de los míseros interiores y los planos amplios se abren hipnóticos a paisajes de aterradora decadencia.

Al comienzo desconcierta, alejada de los didactismos de las tradicionales películas de mafiosos, en las que se empeñan que entendamos los mecanismos del delito, aquí se ven actividades delictivas sin que terminemos de entender sus implicancias o modus operandi. No importa. Avanzado el metraje, el cuadro se ampliará y comprenderemos.

Hay escenas inolvidables: el rito de iniciación, la prueba de las armas robadas, la paranoia de Don Ciro, la traición de Toto o la entrada de Pasquale al taller chino.

El elenco mezcla a actores profesionales con no profesionales. Todos son exactos y contundentes.

Es una película dura, ardua de acceder (no otorga las habituales concesiones o los lugares comunes lícitos asociados al espectáculo cinematográfico), pero una vez que uno entra, atrapa hasta el final. Bajo su aparente simplicidad, hay capas y capas de significación y resignificación. Las ironías surgen casi sin querer, porque cuando se retrata fielmente una realidad que se fue de cauce, el sarcasmo es el resultado natural.

La película se abre con un hombre rodeado de lámparas azules. Parece que estuviéramos en un film de ciencia ficción. Ojalá así fuera. La ciencia ficción presenta cuadros de advertencia y esto, mal que nos pese, es una realidad. Para nosotros es como un espejo que adelanta y nos muestra hacia donde estamos yendo.

Retrata un mundo donde el crimen y el delito persisten porque políticos venales y corruptos los posibilitan; las drogas fluyen libremente porque son un buen negocio y los buenos negocios no se cuestionan; los diarios y la televisión perpetúan la desinformación y la ignorancia; se envenena la tierra y eso se justifica porque promueve la economía; los ricos quieren más riqueza sin que les importe cómo; y la miseria engendra más y más delito.

¿Les suena conocido?

Un abrazo,
Gustavo Monteros

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