lunes, 16 de febrero de 2009

Milk

Hallmark tiene una sección que se llama Historias Verdaderas, en la que presenta inspiracionales films para teve que son los herederos directos de esa vieja sección de Selecciones del Reader’s Digest, que tenía títulos tales “Como aprendí a vivir con un riñón”, “Cómo sobreviví a la plaga de cucarachas” o “Ya casi no extraño a mi mano” (esta última sería una biografía autorizada de Scioli). Gust Van Sant sin duda ambicionó otra cosa con Milk (que no es la historia de “La Vaca Estudiosa”, sino la de Harvey), pero no le salió como esperaba.


Harvey Milk fue el primer homosexual electo para un cargo público. Vivía en Nueva York en el clóset (o sea ocultaba su identidad sexual). Para festejar su cumpleaños se levanta a James Franco. Y si París bien vale una misa, parece que James Franco bien vale salir del clóset, largar todo, incluso alguna pluma, y mudarse a San Francisco. Van a vivir al Castro, un barrio gay friendly como se dice ahora. Ponen un kiosquito de venta de rollos de fotos. El día de la inauguración es discriminado por otro comerciante. Funda una liga de comercio para defender los derechos de los comerciantes homosexuales, después de todo si el barrio es mayormente gay, no tienen por qué ser maltratados. Y como una cosa lleva a la otra, termina siendo candidato para concejal municipal. Llegar a ser electo no será fácil, en el medio hartará a James Franco que lo abandonará, tendrá un tormentoso romance con Diego Luna que terminará mal, y despertará el funesto resentimiento de un concejal colega (Josh Brolin) que, según da a entender Van Sant, es un homosexual reprimido.


El espectador medio yanqui, el que vive en Texas, republicano de corazón y adherente fervoroso de los Bush, odia a los judíos, a los negros y a los homosexuales. De allí que haya que recordarle de tanto en tanto que su odio es irracional y que ser patriota, temeroso de Dios, defensor de la justicia por mano propia y oidor del himno con la mano en el corazón no le da derecho a no respetar a los que no son como él. Por supuesto, ésta es una simplificación humorística, que por desgracia a veces es demasiado cierta.


Gus Van Sant se propuso llegar a ese espectador medio, contarle la vida de este hombre sin ofenderlo ni disgustarlo. Pero se le fue la mano. Este Milk en política parece más santo que San José y en lo personal es más remilgado que Doris Day cuando defendía su virginidad de los manotazos de Rock Hudson (esto en los 70, en San Francisco, el epicentro de la revolución sexual gay parece medio increíble). En su intención de hacerlo asequible y comprensible, Van Sant lo santifica, lo sacraliza, lo vuelve al clóset, como decía un crítico inglés.


Lo que sí es interesantísimo es ver como los homosexuales, al igual que la chica de Virginia Slims, pueden decir: Has recorrido un largo camino. Comprobar que lo que sostenía Anita Bryant (un personaje fundamental en el film) no era la excepción sino la regla (al revés de lo que ocurre hoy por suerte) espanta.


Sean Penn está estupendo como siempre, y a pesar de todo su desparramo histriónico, se le nota mucho que, tal como está armado su personaje, no tiene mucha variación. Es como el clásico de Tom Jobim: Samba de una sola nota.


Lo de Brolin es muy bueno y lo que le pasa a su personaje en su relación con Milk es lo más interesante del film. Bien, Diego Luna, aunque su personaje parece escrito como para Andrea del Boca.


Y James Franco, no seas botón, no te pasees por los programas estilo Intrusos (pero yanquis) diciendo que Van Sant te contó en secreto que Sean Penn le pedía más escenas de sexo con vos. No te agrandés porque no sos tan irresistible. Por ahí se trataba solamente de que Sean Penn se había dado cuenta de que todo era muy llano y descolorido. Además con tu “humorada” denuncias un mensaje opuesto al de la película, el de tener temor. Pero no te preocupes, si te tachan de homosexual, no te van a discriminar, porque personajes como Milk se preocuparon para que no lo hicieran.


En resumen, no es una mala película, pero lo que pudo ser El Toro Salvaje gay, terminó siendo "Cómo aprendí a defender los derechos homosexuales". No es poco, pero no alcanza.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

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