viernes, 10 de octubre de 2008

Noches de tormenta

El romántico, más que ninguno otro género quizá, es fantasía pura. Los príncipes no andan con el zapato en la mano buscando a la bonita que los flechó en la fiesta. Menos que menos son azules, si lo fueran serían pitufos y nadie los querría. Y las mujeres que en la vida real se comportan como las heroínas románticas, pendientes sólo del amor, terminan enganchadas con machistas de poca autoestima que las cagan a palos o las torturan psicológicamente, dándoles en ambos casos una vida de mierda.

Pero la ficción, como su nombre lo indica, no es la realidad.

Y ahí andan por las novelas, las sacerdotisas del amor inmolándose por galanes tan buenmozotes, palurdos y fronterizos, por los que en nuestro plano de vida cotidiana si una mujer con dos dedos de frente les diera algo más que la hora o el saludo sería un milagro.

Pero es injusto referir este tipo de ficción al mundo real. Se trata de idealizaciones exaltadas que habitan un universo paralelo.

Nicholas Sparks, el autor de la novela en que se basa este film, tiene su quiosquito. Es una especie de Corín Tellado, no tan prolífico y con ambiciones de grandeza literaria. Su página web oficial dice que es cinturón negro de karate y aparece fotografiado en jardines floridos con remeras ajustadas que le marcan sus músculos. Sus dientes son blanquísimos, sus rasgos son parejos y tanto su pelo como su jardín fueron podados con la misma prolijidad. La página menciona entre sus méritos literarios el haber sido elegido el hombre más sexy del año por no me acuerdo qué revista. Es como un personaje muy armado para satisfacer la fantasía de la norteamericana media. ¿Qué más podría desear un ama de casa no muy culta, atiborrada desde la cuna con rosquillas, pollo frito y fundamentalismos republicanos, que tener un marido exitoso, atlético, con look de marine y de probada sensibilidad por haber escrito novelas rosas (que como son pretenciosas diremos que son más bien de color rosa Dior)?

Anteriormente, tres novelas suyas ya fueron llevadas al cine. Mensaje de amor (Message in a bottle) con Kevin Costner, Robin Wright Penn y el inolvidable y tan lamentado en estos días, Paul Newman). Diario de una pasión (The notebook) contó con la participación de los inmensos Gena Rowlands y James Garner, el prometedor Ryan Gosling, el siempre simpático James Mardsen, y la no tan conocida por mí, Rachel McAdams. Un amor para recordar (A walk to remember) pasó directamente a DVD por no tener figuras de renombre en su elenco que justificara por estos pagos su estreno en cine.

A las dos primeras las vi por partes, nunca enteras y menos que menos de un tirón. Creo ser un hombre razonablemente romántico (los boleros me emocionan, hincho siempre por que la parejita termine junta en las comedias románticas, y mientras estudiaba en la facultad almorcé religiosamente con Rosa de lejos y no tuve paz hasta que Rosa se quedó con el maestro y no con el pérfido de Pablo Alarcón, que cuando era joven hasta tenía pinta de nazi). Pero la cursilería (que no es nada más que la sensibilidad que se pasó de azúcar) me empalaga.

Tanto paisaje bonito, tanta musiquita de piano y violín, y tanta gente linda que sufre impoluta como recién salida de la peluquería, me dan ganas de deponer.
Son como fantasías para gente que tiene todas sus necesidades satisfechas, no para mí que a duras penas tengo a veces satisfechas sólo las básicas. Tengo demasiado ajetreo cotidiano como para identificarme con una señorita y un señor cuya única preocupación en la vida es saber si finalmente serán amados como ellos creen que les corresponde. El amor es esencial, claro. Pero si uno no llega a fin de mes, si en el trabajo me va horrible, si el perro del vecino ladra toda la noche y no me deja dormir, y si en la última lluvia se me arruinaron los zapatos nuevos, el amor se relativiza un poco. Y valga la paradoja, digo de que algo sea esencial y a la vez se relativice.

Pero vayamos al grano. Diane Lane tiene un presente de lo más convulsionado. Su hija adolescente (parecida a Cinthia Fernández, pero sin tanta pinta de “loquita”) la contradice y le cuestiona todo (¿Acaso no es a lo que los adolescentes se dedican? ¿No hicimos eso en esa edad tan problemática?) (Tiene otro hijo que es como el hermano menor de Harry Potter con anteojos incluidos, pero como es chico todavía no le da dolores de cabeza).Pero bueno, Diane es muy sensible. Para colmo su ex marido, un infiel consuetudinario (Christopher Meloni, el detective alto de La ley y el orden U.V.E.) está arrepentido y quiere volver al hogar. (No le creas, Diane, aunque parece sincero, el hombre tiene pinta de que las minitas se le tiran encima y así no hay resolución que aguante).

Para que no se le salte la térmica, la pobre Diane necesita reflexionar. Decide entonces hacerle el favor a su amiga. (¡No sean mal pensados!). Se trata de cuidarle el hotelito del que es dueña por el fin de semana. El hotelito queda en Rodanthe (de ahí el título de la novela y del film en inglés: Nights in Rodanthe). Jean (Viola Davis), la amiga, es negra, lo cual es re-cool. No hay nada más progre para el yanqui bien pensante que las amistades o las relaciones interraciales, que equivale al colmo del entendimiento, la integración y la superación de los prejuicios. (¡¿Aguante Obama?!). La simpática negrita (¿o debería decir afroamericanita?) se va a pasar un fin de semana de sexo con un exitoso basquetbolista. (¿Dónde quedó la supuesta fantasía de la mujer con miembros más proletarios del sexo masculino, tales como el lechero, el cartero, el mecánico? Si ya no basta con ser un semental de sex appeal que parte las baldosas, si sólo hay que tener mucho pero mucho dinero, entonces el Tío Rico es más sexy y afrodisíaco que George Clooney. ¿La versión yanqui de El sodero de mi vida sería El jugador de la N.B.A de mi vida?). Retomo, como se anuncia una tormenta terrible (de ahí el título en castellano) Diane tendrá un solo huésped.
Paul Flanner es un cirujano prestigioso, maneja un autazo y es Richard Gere. El pobre Richard, para no ser menos que Diane, arrastra una desestabilizadora crisis de conciencia. Una paciente se le murió de repente en el quirófano. Vino a Rodanthe a ver al viudo para superar un problema tanto personal como legal (bochornosa escena de Scott Glenn, de la que no sale a flote ni con su probado oficio). Luego Richard tomará su autazo y su Rolex y seguirá camino a rescatar a su hijo de un destino peor que la muerte: ¡¡¡el muy descarriado le presta asistencia médica a los negritos pobres de Ecuador!!!

Diane y Richard son sólo dos almas sensibles atribuladas por conmocionantes vicisitudes. Se desatará la tormenta, pero ellos no se preocuparán por los postigos batientes, se dedicarán a hacerse el amor. No como posesos hambrientos de cariño y de placer si no lenta, tierna, sabiamente, como dos viejos amantes que conocen los resortes secretos que al otro le dan el máximo placer. Se aman tan gozosamente que vuelven inútiles las clases de sexo tántrico que tomó Sting, quien se hubiera ahorrado una fortuna en instructores con tan sólo leer una novela de Nicholas Sparks. (Que no sean torpes ni acaben precozmente es la forma que tiene Hollywood de decirnos que son el uno para el otro desde el inicio de los tiempos, o del guión que es lo mismo). Se amarán en medio de rugientes violines y pianos estentóreos que dejan en cuarto plano el furor de la tormenta que se desfoga inútil sobre el hotelito. (¿Para qué darle más importancia, si después de todo era sólo una excusa para meterlos en la cama?)

Sé que estoy dando una idea equivocada, pero ahora me corrijo. Las escenas de sexo son cuatro fotogramas mal iluminados con muchos puntos suspensivos. Sólo lleno los puntos suspensivos para divertirme un rato. Esos cuatro fotogramas tienen un erotismo tan blando que no escandalizaría ni a las hermanas carmelitas de clausura. Es más, hay más erotismo tórrido en La novicia rebelde porque al menos Julie Andrews y Christopher Plummer nos “vendían” que se amaban.

Prosigo, lo que para el sentido común no es más que una aventura pasajera que se comienza a olvidar ni bien se acaba, para ellos por decreto de la boletería será una experiencia que cambiará sus vidas para siempre.

Lo que sigue es fácil de adivinar, y si lo que imaginan no se cumple al pie de la letra, tampoco se sorprenderán mucho. El final llegará en medio de grandes lecciones de vida vociferadas y reiteradas, no sea cosa que nos hayamos dormido, ahogado con un pochoclo o simplemente no entendido las tremendas obviedades que proponen.

Diane Lane y Richard Gere son dos profesionales experimentados en estas lides del romance, saben que para la historia sea vendible debe haber química entre ellos. Le ponen garra al asunto, pero no pasa nada. Se miran como si se amaran, se tocan como si se desearan, pero sólo están pensando en el suculento monto que engrosará su cuenta bancaria por hacer esta película.

En resumen es mala, con conflictos de plástico, un guión armado con frases robadas a un libro de autoayuda, actuaciones de cartón piedra y una banda sonora machaconamente dulce. Lo mejor: el hotel y la fotografía de postal de vacaciones.

Para verla cuando la dé el cable, siempre y cuando sea domingo, llueva a cántaros, no haya aceite para tortas fritas, el equipo del que somos hinchas haya perdido por goleada vergonzante ante su histórico rival y la única otra opción posible sea una película con Palito Ortega hecha durante la dictadura militar.

A menos, claro, que se sea fanático o fanática de Richard Gere y se entre en síndrome de abstinencia si no se ve un film con este actor cada 3 o 4 meses, en cuyo caso le perdonarán cualquier pecado, incluso éste que es sumamente mortal. Porque hasta del ridículo se vuelve, pero del aburrimiento, no

Un abrazo


Gustavo Monteros

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