sábado, 30 de agosto de 2008

Corre, gordo, corre (Run, fatboy, run)

Los cómicos son seres extraños, maravillosos y valientes. Su oficio es hacer reír. Nada más ni nada menos. Parece fácil, pero en realidad no lo es. Ratifica aquella verdad de Perogrullo: todos lloramos por lo mismo, pero no nos reímos de lo mismo.

Todo buen cómico es un reformador, un moralista. Ridiculiza personajes y situaciones con el afán implícito de erigir una utopía, un estado ideal en que esos personajes y esas situaciones ya no existan.

En general, la crítica los maltrata, los malinterpreta y los desprecia. Raramente se los premia. Se los homenajea póstumamente, como si su importancia sólo se percatara en ausencia. Y se los considera muy inferiores a sus hermanos "trágicos" o "dramáticos". Pero viven para siempre en el afecto de la gente.

Ya casi nadie recuerda a Fredrick March, Ralph Richardson, Jean Marais o Lautaro Murúa, pero basta que se mencione a Niní Marshall, Los tres chiflados, Peter Sellers o Louis de Funès para que se produzca una descarga endorfínica y nos asalten miles de buenos recuerdos.

Hay hoy en Inglaterra un buen movimiento "cómico". Se puede comprobar sintonizando ISAT y viendo Little Britain, Shameless o Extras.

Conocí a Simon Pegg en Shaun of the dead o Muertos de risa, una parodia deliciosa de los films de zombies, con burlas certeras al matrimonio, las convenciones sociales y la idea de la realización personal. Y me reí francamente con él en Hot Fuzz, una divertidísima sátira a las películas yanquis de parejas desparejas à la Arma Mortal. Los primeros cinco minutos de Hot Fuzz son inolvidables. Pegg es un policía tan perfecto que hay que sacarlo de Londres porque con su eficiencia sólo le trae vergüenza al resto de la fuerza y porque podría acabar con todo el delito en unos cuantos días más. Recala entonces en un pueblito que le hace honor al género policial inglés. Detrás de una fachada de impecable civilidad se ocultan sofisticadísimos asesinos.

Pegg protagoniza ahora esta comedia romántica dirigida por David Schwimmer (el flaco alto de Friends).

Pocos géneros hay tan difíciles como una buena comedia romántica. Es imprescindible contar con una pareja carismática de buena química, un conflicto plausible, líneas ingeniosas, situaciones muy bien armadas y una banda de personajes secundarios tan característicos como encantadores. Y primordialmente, un todo lo suficientemente seductor como para que nos interesemos en que los protagonistas solucionen los entuertos y desavenencias y arriben al anhelado final feliz.

Para mencionar sólo ejemplos de las últimas décadas, por cada Cuando Harry conoció a Sally, Sintonía de amor, Cuatro bodas y un funeral, Notting Hill, El objeto de mi afecto, La boda de mi mejor amigo, El diario de Bridget Jones (la uno, claro, porque la dos es impresentable) o La verdad sobre perros y gatos, ¿cuántos bodrios declarados o intentos fallidos hubo que soportar?

Varias características sobresalen en el film que nos ocupa. El punto de vista dominante es el del protagonista masculino. Salvo Notting Hill, en los ejemplos mencionados predomina la visión de la protagonista.

Pegg ha cometido un craso error. En un ataque de pánico, por aquello del terror al compromiso afectivo, dejó plantada en el altar a la bellísima Thandie Newton ¡embarazada! Convengamos que el género prescribe que sea la protagonista la que plante al novio.

Cinco años más tarde, Pegg es un buen padre, pero sigue tan tarambana y enamorado de Thandie como el primer día. Ahora reconquistarla es más difícil porque, aparte del irremontable error cometido, está saliendo con un norteamericano exitoso en más de un sentido (el talentoso Hank Azaria).

Las vueltas del argumento lo envolverán en una maratón benéfica (de ahí el título) para demostrarle a Thandie que puede cambiar y comprometerse en algo. Pero, claro, Pegg carece de la fuerza de voluntad y del sentido de la disciplina para estar a la altura de sus propósitos e intenciones, lo que provocará más de una carcajada.

El argumento no es muy original. Es una mezcla de La boda de mi mejor amigo con Rocky, con algunos toques de Realmente Amor.

Pero aquí lo que importa es el desarrollo porque prima lo cómico sobre lo romántico.

Pegg, si bien técnicamente es aquí el galán, es lo menos "galán" que pueda imaginarse. Está siendo muy rendidor hacer que los cómicos hagan de galanes, esta veta ya se probó aquí cuando se puso a Dady Brieva como contrafigura de Andrea del Boca en El sodero de mi vida.

Y es imposible no entrar en empatía con Pegg. Como la mayoría de los cómicos está más cerca de nosotros, la gente real, que de las estrellas cinematográficas. Se parece muy poco o nada a esos seres de perfección anormal que pueblan ese universo de ilusión que es el cine.

En resumen, si se le perdonan algunas obviedades, es una comedia ampliamente recomendable. Además Simon Pegg, si no se lo conoce, merece una visita. Es un actor creativo, carismático, dueño de un irresistible talento cómico.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

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