jueves, 14 de agosto de 2008

Un novio para mi mujer

Adrián Suar, al margen de sus virtudes actorales, pasará a la historia del espectáculo por ser un productor talentoso.

Llegó a ser un hombre poderoso de la televisión por su habilidad para elegir historias, seleccionar colaboradores y armar elencos tan eclécticos como ideales. Como actor de cine se da todos los gustos. Probó el policial de pareja despareja à la Arma Mortal en Comodines, la farsa desaforada à La jaula de las locas en Cohen vs. Rossi, la comedia romántica à la Cuando Harry conoció a Sally en Apariencias y el drama de conflictos psicológicos à la David y Lisa en
El día que me amen.

Ahora ataca de nuevo la comedia romántica, aprovechando el excelente guión de Pablo Solarz (Historias mínimas, ¿Quién dice que es fácil?, El frasco) y el talento para el género desplegado por el director Juan Taratuto en No sos vos, soy yo y ¿Quién dice que es fácil?

El título lo dice todo. El Tenso (Suar), un hombre más o menos satisfecho con su vida, está casado con la Tana (Valeria Bertuccelli), una mujer en crisis, multifóbica, mal hablada y decididamente antisocial. El Tenso quiere divorciarse, pero no se anima a proponérselo. Opta por un plan descabellado: contratar a un seductor infalible (Gabriel Goity) para que la conquiste y se la saque de encima.

Suar, Goity y todos los secundarios están muy bien, pero para los despistados que no la notaron en Alma mía, Luna de Avellaneda, XXY o Lluvia, ésta es la ratificación inapelable de que la Bertuccelli es una actriz maravillosa.

Las buenas comedias, además de entretener, divertir y hacer reír, tienen una virtud adicional: retratan con precisión los tiempos en que fueron concebidas. Sombrero de copa o Ritmo loco, con su afán desesperado de evasión, describen los efectos de la crisis económica de los 30 mejor que sesudos tratados sociológicos. Ser o no ser o Ninotchka (ambas del gran Ernst Lubitsch) o Las tres noches de Eva (del inmenso Preston Struges) establecen el espíritu reinante en los 40 con mayor profundidad que cualquier enciclopedia. El quinteto de la muerte, La gran guerra o Los desconocidos de siempre marcan las profundas contradicciones de los 50. Piso de soltero, Uno, dos, tres, Irma, la dulce, Bésame, tonto o Por dinero, casi todo (todas del genial Billy Wilder) desnudan los cambios de los 60. MASH, El joven Frankenstein, y las otras comedias de Mel Brooks de esta década radiografían la locura de los 70. Entre nosotros, Esperando la carroza, más allá de poner bajo la lupa constantes que hacen a la argentinidad, tiene la euforia, la liberación, la ebullición y la alegría de nuestro regreso a la democracia en los 80. Las comedias de Jim Carrey y Ben Stiller se circunscriben en el clima enrarecido del neo capitalismo de los 90.

Un novio para mi mujer, como la buena comedia que es, no es la excepción. Lo primero que me sorprendió es que, por el título, los actores y el argumento, esperaba que fuera una comedia brillante. Y no, más allá de las abundantes risas y sonrisas que provoca, es un poco tristona, bastante melancólica. Hay un trasfondo de frustración, desilusión, insatisfacción y ausencia de solidaridad. Y eso quizá sea lo que atrae a tanta gente, porque de algún modo se conecta quizá con lo que la gente siente.

Parafraseando los dichos de la Tana al principio de la película, el film vendría a decirnos que, hoy por hoy, como sociedad, en el manejo de nuestros asuntos estamos “para el orto”.

Un abrazo,

Gustavo Monteros

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