domingo, 20 de julio de 2008

Francesca

¡Qué placer volver a tener la posibilidad de ver a Sophia Loren en un cine! Sophia pertenece al sacrosanto territorio de mi infancia, cuando las estrellas de cine eran dioses perfectos que iluminaban la vida desde otra categoría del ser, no como ahora en que las estrellas son terrestres, pedestres, como nosotros, iguales en sus defectos, miserias, logros y virtudes. Sophia pertenece a la época dorada del ensueño. Son tantas las razones por las que la amo que sería imposible enumerarlas. Básteme decir que la amo cuando corre porque sus "dos flores redondas" (gracias Lorca) se balancean y se rozan con la belleza de lo irrepetible. Una amiga, especialista en arruinar feriados y fiestas de guardar, me dijo que esa gracia se debía a que tenía una pierna más corta que la otra, pero a mí los backstages no me importan, un milagro es un milagro, aunque se lo fabrique. La amo también porque cuando llora me dan ganas de abrazarla, beber sus lágrimas y hacerle el amor, incluso con torpeza, para que se olvide de la tristeza y el dolor. Nadie en el cine tuvo un erotismo y una sensualidad tan inmanentes.

Lina Wertmüller, la gran directora italiana, me da la nostalgia de los 70 y los 80, cuando los maestros eran innumerables, no como ahora que sobran los dedos de una mano para contarlos. Y el cine de autor era moneda corriente, no como ahora que todo es cine de productor, mezquino y preocupado por la conmoción epidérmica.

Giancarlo Giannini siempre estará en mi corazón porque con Lina hicieron Pasqualino 7 bellezas. Consejo de amigo, si no la vieron procuren verla, es prodigiosa, maravillosa. Es la historia de una supervivencia que celebra la vida, en lo que ésta tiene de humana, de egoísta, de divina. Porque hay que ser un poco perfecto para sobrevivir a tanto vejamen, humillación y desprecio. Y muy solidario también (aunque en principio no lo parezca) porque uno sobrevive por los otros, por los que vendrán, para que no les pase lo mismo.

¡Qué alegría, una nueva película de Lina Wertmüller con Sophia Loren y Giancarlo Giannini! Y allí estaba yo, sentadito en mi butaca, esperando que las luces se apagaran, listo para la fiesta, feliz con el reencuentro. A la media hora me sentía estafado, traicionado. Tengo una amiga que sigue la carrera de Woody Allen y cuando Woody no la pega o la embarra, lo quiere jubilar. Ahora a mí me pasaba lo mismo. Quería jubilar a Lina, Sohia y Giancarlo. Quería que se retiraran a sus doradas mansiones como Norma Desmond en Sunset Boulevard a evocar las viejas glorias, exhibiéndose sus obras maestras una y otra vez, y que no jodieran más.

Pero informarse bien evita las injusticias. Francesca e Nunziata (tal su título original) es un telefilm de 2001, una miniserie breve para ser emitida en dos partes, que carece de la textura, de la densidad de una película.

Un film está destinado a un lienzo enorme que está en un templo profano en el que hay unción y recogimiento. En un cine hay que mantener el interés e intensificarlo, no hay que ganarlo, está desde el vamos, sino no estaríamos allí, estaríamos en cualquier otro lugar. Un telefilm es para una pantalla pequeña (y no importa el tamaño del plasma, siempre será pequeña en comparación) que está en un living o en un dormitorio. Al verlo habrá interrupciones, desvíos de nuestra atención, iremos al baño, calentaremos la cena o el café, contestaremos el teléfono, recibiremos al chico del delivery, etc. Lo que nos muestre será más llano, casi sin contraste, más leve, superficial si se quiere, casi sin ambición de trascendencia. Nos contarán algo de la manera más simple y efectiva que se pueda, no se detendrán en planificaciones preciosistas ni nos agobiarán con sutilezas inaprensibles. Retomarán el hilo del argumento una y otra vez, subrayarán lo que quieran que notemos porque saben que nuestra atención se dispersa, que el interés se diluye, que con sólo apretar un botón estaremos en otro lado, en otra cosa.

Si la Wertmüller hubiera pensado esto para cine, habría evitado repeticiones, comprimido situaciones, potenciado más los conflictos, profundizado los personajes, contrastado las ironías, buceado con sus primeros planos famosos en el alma de sus criaturas. Cuando pensó para cine, nunca usó la banda de sonido como una musiquita dulzona que se empasta con la imagen, alternó siempre expresivamente primeros planos de sus personajes con planos generales de sus circunstancias, desnudándolas en toda su aridez o su apabullamiento.

La Gioconda será siempre un cuadrito, sería absurdo redimensionarlo en un mural, perdería su genialidad,su magia, su misterio. Un cuento no será nunca una novela por más que se lo publique con letra grande y mucho espacio para llenar un centenar de páginas. Sé que exagero, que se trata sólo de una estrategia comercial de estrenar en cine lo que fue hecho para la televisión italiana, pero estoy con bronca porque caí ingenuamente en la trampa.

Así que mi consejo es que no vayan al cine a ver Francesca, véanla cuando salga en DVD. Fue hecha para ser vista en las casas, con interrupciones, entre nuestros avatares cotidianos. La apreciarán mejor, la disfrutarán en su medio natural.

La historia es buena, un novelón finisecular apasionante. Los personajes desconciertan siempre con sus elecciones, los conflictos se resuelven con la lógica malsana de los mandatos sociales, los sueños se aplastan con la contundencia de las malditas buenas intenciones y la esclavizante gratitud que sólo es culpa.

La Loren cerca del final tiene un monologuito en el que deslumbra con la sabiduría de su arte. Giannini a lo largo de todo el telefilm expresa cabalmente el hastío y la estupidez de los que tienen una vida regalada. La parejita joven (Claudia Gerini y Raoul Bova) está muy bien, pero juegan en desventaja ante dos actores que no sólo son excelentes sino que corporizan medio siglo de historia del cine, cuando se creía que el cine también podía ser un arte y no un mero acompañamiento de pochoclos.



Un abrazo,
Gustavo Monteros

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