sábado, 5 de julio de 2008

El americano

¿Quién ama más? ¿El que ama o el que es amado? (Roland Barthes)

Algunos hombres hablan de fútbol, con un amigo hablamos de cine. Aquellos
hablan incansablemente de jugadas, goles, táctica, estrategia, árbitros, jugadores, formaciones, campañas, campeonatos, etc. Nosotros, poniendo a prueba la paciencia de quien nos escuche, hablamos de películas, directores, actores, guiones, bandas de sonido, directores de fotografía, etc.


En un viaje en micro a Buenos Aires, en medio de una de nuestras laberínticas conversaciones, mi amigo de repente me dijo: “¿Te diste cuenta de que no hay película en la que Michael Caine haya actuado mal?” Peleador como soy, repasé mentalmente todos los films de él que recordaba y no me quedó más remedio que asentir. Sembrada la inquietud, al día siguiente me remití a mis fuentes y revisé la filmografía completa de Michael Caine para ver si encontraba evidencia que refutara su aseveración. No encontré ninguna.


Prolífico como pocos, Caine ha actuado a las órdenes de grandes directores (Losey, Huston, Allen, Lumet, Preminger, De Palma, Nolan, etc.) y también urgido por deudas y pensiones alimenticias para sus ex esposas le ha puesto el cuerpo a bodrios históricos (Tiburón IV, Más allá del Poseidón, El enjambre, etc.)


Pero aun en estos proyectos impresentables se lo ve concentrado, comprometido, sobrellevando con nobleza escenas imposibles y líneas vergonzantes. Es como si dijera: “Si alguien ve esto porque estoy aquí, yo al menos le devolveré la plata de la entrada.”


Cada dos por tres, por suerte, se despacha con una actuación magistral inolvidable. Como en Hannah y sus hermanas y Las reglas de la vida, para mencionar sólo las últimas y no ponerme pesado con su Alfie, su primer Sleuth, el escritor de Trampa mortal, el espléndido galán bobo de La caja equivocada y un largo etcétera.


(Permítanme una digresión, en Las reglas de la vida, cuando se para ante el dormitorio de los chicos abandonados, unos pobres desgraciaditos muy librados a la buena de Dios, y les dice: “Buenas noches, príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra”, lo hace con tanta comprensión, generosidad y humildad que me mata.)


Pero no nos alejemos de El americano. Está basada en El americano impasible de Graham Greene, novela que causó mucho revuelo en el momento de su lanzamiento (1955) porque denunciaba que los yanquis ya estaban haciendo sus trapisondas en Vietnam mucho tiempo antes de que los franceses se fueran. Hubo una versión cinematográfica anterior (1958) de la que hay que huir porque es malísima aunque la haya dirigido Joseph L. Mankiewicz. Lo sé por experiencia. La vi tres o cuatro veces cuando el British Council la programaba tupido en sus ciclos de cine. (En otro momento hablaré de mis tendencias suicidas que me llevan a revisitar bodrios certificados con la remota esperanza de que oculten valores que no haya discernido las veces anteriores que los vi.)


En 2002, como ya ninguna mugre de los yanquis podría sorprendernos, Phillip Noyce relegó la denuncia política a un segundo plano y se centró en la apasionante historia del triángulo amoroso (un cuadrado más bien, aunque el cuarto vértice sólo aparece en cartas.)


El americano es Brendan Fraser, un interesante actor joven, que sabe hacerse ver aun cuando está con los grandes. Le hizo frente a Ian McKellen en Dioses y monstruos, y aquí se muestra como un digno contendiente de Caine. Do Thi Hai Yen, como el oriental objeto de deseo, luce bellísima e hiper sensual. Pero todos los laureles se los lleva Caine.


Es aquí un periodista inglés que se disfraza de cinismo para no revelar su enorme sensibilidad y su honda culpabilidad. Su personaje no es la imagen del amor. Es el amor caminando. Sus emociones son tan intensas que son casi palpables. Da envidia. (Y al carajo se van Barthes y sus sesudas disquisiciones filosóficas.) Dan ganas de haber podido ser capaz alguna vez de amar así o al menos de haber sido amado así.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

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