martes, 18 de marzo de 2008

El orfanato

Pasada la adolescencia, el terror, como género cinematográfico dejó de interesarme. Al menos en mi caso, fue una de las cosas que la edad se llevó. Pero, aunque dejé de frecuentarlo, seguí su evolución (después de todo se hablaba de él en las mismas páginas en las que se hablaba de los demás géneros). Supe, entonces, que los viejos “metemiedos”, como ya no asustaban a nadie, recuperaron la estatura de mitos románticos, que en esencia siempre fueron (Drácula, Frankenstein). Supe que otros, como el hombre lobo y los vampiros tuvieron algún que otro verano de éxito. Supe que, después de Halloween y La Masacre de Texas, el género santificó a un nuevo héroe, celebrándolo en todos sus estilos y variantes: el asesino serial, que despanzurra a cuanto ser humano se le pone en frente, generando el mayor “gore” posible. Supe, también, que a pesar de los adelantos en efectos especiales, ante tanto acrecentamiento de violencia cotidiana, tanta guerra absurda, tanta exhibición de hechos sangrientos en los medios, nuestra capacidad de tolerancia y/o resistencia a asustarnos ha crecido tanto, que al género le cuesta más y más espantarnos, quedándole como única salida insistir en la acumulación de cadáveres para producir algún efecto.

Pero, aunque me aparté del género, las historias de fantasmas continuaron fascinándome.

Las historias de fantasmas son como cuentos de hadas de signo contrario. Si las hadas son seres fantásticos empeñados en que seamos felices, los fantasmas están gobernados por intenciones de lo más aviesas. En los últimos tiempos hubo dos excelentes films de fantasmas: El Sexto Sentido y Los Otros.

Con El Sexto Sentido, el director, M. Night Shyamalan, sacó patente de genio, que (con excepción de Señales) se le venció rápidamente, entregándonos una sucesión de bodrios de variable soportabilidad: El Protegido, La Aldea, La Dama del Agua.

En cambio, Alejandro Amenabar, el director de Los Otros, demostró tener un talento que no encoge y que sin importar el género que escoja (Tesis, Cierra los ojos, Mar adentro), su escritura es siempre estimulante, atendible, entretenida.


Y ahora llega El Orfanato, una muy buena película dirigida por Juan Antonio Bayona. El guión participa de algunos lugares comunes del género como la casa grande, vieja y solitaria, que oculta terribles secretos, o los personajes excesivamente escépticos que, aunque ven cosas excepcionales, siguen sin creer en lo sobrenatural. De todos modos, al film le sobra creatividad como para hacer que lo viejo parezca nuevo otra vez. Para ello utiliza los modernos medios a su alcance. Convengamos que a la historia de fantasmas, el Dolby le sienta más que bien, para sus portazos imprevistos, los pasos en el piso de arriba, los cuchicheos en la habitación de al lado, las súbitas ráfagas de viento, las tormentas eléctricas tan atmosféricas. También le sientan bien el montaje veloz para ver y no ver, y las nuevas lentes que tanto sugieren y esfuman.

Aunque provoca una par de sustos, a El Orfanato le preocupa más contar bien su historia. Y eso siempre se agradece. Todo encuentra su lógica. Revela inteligencia a través de una anécdota astuta y certera. Utiliza dos armas primordiales más que lícitas: el tema del niño perdido y la búsqueda inclaudicable de su madre, que es imposible que no encuentre una identificación universal y una protagonista tan carismática, Belén Rueda, que es imposible que no encuentre una adhesión inmediata.


Aun para los más reacios a entretenerse con este género, este Orfanato merece una visita.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

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